Sandro Mairata

Estudiar periodismo y dormir en un sillón

Por Esther Vargas

Publicado el 05 de septiembre del 2011

Sofá cama en midtown Manhatttan, aquí pasé casi 11 meses de estudio.

Mi solución a lo carísimo de la vida en Nueva York fue contactar a una familia amiga de mi madre, peruanos también, de condición humilde, quienes me permitieron pasar los 10 meses del programa durmiendo en el sofá-cama de su sala. Esas fueron las condiciones nada sofisticadas de mi estadía. Nunca tuve una habitación, ni una cama, ni menos privacidad, y mi espalda –dañada años antes en un accidente vehicular– sufrió con estoicismo los estragos de tan caritativa pero incomodísima realidad.

Como quiera que extendida la “cama” los resortes  me taladraban la espalda, siempre preferí dormir en el sofá como tal, buscando la posición que me llevara más rápido al sueño y al olvido.

Tampoco contaba con Internet en casa, ya que la pareja peruana que me hospedó la integraban dos señores de edad avanzada, –ella empleada de limpieza en unas oficinas, él vigilante en un edificio–, que nunca necesitaron ni necesitan hoy de la web, y yo no pensaba complicarles la vida con nuevos recibos qué pagar e instalaciones incómodas para ellos. Para mis necesidades del ciberespacio siempre estuvo el Starbucks de la esquina.

Me sentía más bien agradecido. Ambos tienen casi 40 años viviendo en Manhattan, lo han visto todo, y la vivienda donde criaron a sus hijos –ya mayores y residentes en otros lares–, está ubicada nada menos que a dos cuadras de Times Square, en la zona central de Manhattan, algo buenísimo para alguien como yo, que gusto del teatro y de la gente. (Debo anotar que jamás pude ir a ninguna obra de Broadway hasta después de mi graduación por lo caras que son: a manera de paliativo, era divertido toparse con actores famosos saliendo cada noche de trabajar y viéndolos firmar autógrafos. Daniel Radcliffe, el popular Harry Potter, caminaba de vez en cuando por ahí, Kiefer Sutherland también. James Earl Jones, la voz de Darth Vader, caminaba lento hasta su auto a la salida de su obra, y el legendario Sir Derek Jacobi deambulaba despreocupado sin ser reconocido cada mañana, pasando por la esquina de mi casa.)

Por solo 250 dólares mensuales –una ganga incluso en Lima– tuve el sillón para mí, los libros arrimados en una esquina junto a mis zapatos y ropa sucia, y podía decir con toda tranquilidad que Times Square era mi barrio.

Gracias a ellos conozco Times Square como la palma de mi mano. Si me tomaba por algún motivo los trenes 2 o 3 –que no hacen paradas, sino que van de “expreso”–, bajaba en el paradero de la Calle 42 y debía caminar seis cuadras hasta mi calle, la 48. Si me subía al tren 1, que para en cada estación, seguro debía bajar en la Calle 50, e igual, ambas paradas me tenían caminando a toda hora por la Avenida Broadway en su zona más famosa, rodeado de marquesinas de teatro, anuncios de los últimos lanzamientos de todo tipo y gente embobada mirando hacia arriba, como yo mismo la primera vez.

En las noches que se me hacía muy tarde en la universidado que el cansancio me impedía volver a casa, encontré una salida salomónica que me dio una fama de la cual no me siento tan orgulloso.

Me dediqué a dormir en los sillones de la facultad.

Todo comenzó cuando escuché a unos alumnos que dejaban la facultad cuando yo empezaba. Estábamos en un ascensor cuando uno de ellos dijo que “había dormido solo dos horas en tres días” y estaba a punto de desfallecer. Poco después, encontré a ese mismo estudiante durmiendo plácidamente en uno de los dos sillones del salón 511B.

Fue como tener una revelación.

Pasé a ser el miembro más famoso de los alumnos del sillón, una cofradía nocturna que integraban sobre todo mis compañeras Semhar Woldeyesus (Canadá/Eritrea) y, por supuesto, Maquita Peters, de Barbados. Cuántas noches competí por el sofá del 511B con Maquita, son incontables. Pero el recuerdo más divertido es de mi compañera Angel Lenise (muy popular por su hermosura) que durante la noche de cierre de tesis, se echó a dormir con las gafas puestas, exhausta. Cuando se lo hice notar, de dulzura no quedó rastro, “¡ESTOY BIEN ASI!” gritó, y se quedó dormida en el acto, como si nada.

El sofá más grande –ubicado junto a la ventada que da a la calle Broadway– llegó a alojar hasta tres dormilones sentados al mismo tiempo, uno de ellos Pamela Ravina, una amiga peruana que cayó de visita, para mala suerte suya justo en mis días de presentación de tesis. Pamela, que venía de turista por primera vez a Nueva York, una vez durmió sentada a mi lado, flanqueada por alguien más que no recuerdo. (No fue tan malo, otra noche que anduve editando en FinalCut Pro, Pamela tuvo que dormir en el piso de la sala de edición) Una noche más, la tuve en el sofá más pequeño durmiendo junto a mi sofá-cama.

Entretanto, se hizo un deporte tomar fotos de Sandro Mairata durmiendo en los sofás. Todas iban directo al Facebook, por supuesto. De esos días quedan algunas fotos aquí, aquí y una más aquí (aunque esta última es una favorita personal).

* * *

Estudiantes en el aula 511B, en época de entrega de trabajos finales.

Son divertidas las historias que le imprimen glamour al hecho de estudiar en Nueva York. No dudo que muchas sean ciertas. Otras reciben un acabado cosmético en nuestras mentes. Sucede que con el tiempo los recuerdos se suavizan, privilegiando sobre todo los mejores momentos: picnics en Central Park, noches en Times Square, encuentros con celebridades y veladas con gente exótica que no abandonará nuestra memoria. Cierto, uno vive en una ciudad que embriaga. Pero por regla general no hay mucho de glamoroso cuando se es estudiante y hay que buscar cómo pasar el día a día y sobre todo, la noche.

Por eso las historias de los 32 ratones que mató en una semana mi amiga Svetlana Didorenko en su departamento compartido, o de las fotos del agua marrón saliendo del grifo de algunas cocinas, o la mañana en que Ceylan Yeginsu se fue a bañar y de la rejilla del piso salió a borbotones una masa hedionda y oscura. Todo es viejo en Nueva York, los ascensores son lentos y de poco espacio, las normas de coexistencia son estrictas, y al menos para un latino, limitantes.

En la zona aledaña a Columbia, el precio promedio de alquiler mensual mes para un estudiante es de mil 200 dólares. Resulta que el campus es un antojo arrancado con inteligente proyección a futuro por los antiguos directivos de la universidad, en la zona exclusiva oeste del alto Manhattan (Upper West Side) llamada Morningside Heights. El tren 1 me dejaba cada mañana en la estación Columbia University, en la Calle 116 con Avenida Broadway.

La mayor parte de edificios aledaños le pertenecen a la universidad, y se entiende que están disponibles para profesores y alumnos que puedan pagarlos. Nadie dijo que tenía que ser barato. Una vez que hice mi pedido oficial de alojamiento, la oferta que recibí fue de un cuarto en un departamento compartido con otros tres alumnos, sin amoblar, por 800 dólares, sin incluir los servicios como Internet, mantenimiento y cable.

¿Alguien quería una vida al estilo de la serie Gossip Girl? Solo si tienes los millones. De hecho, varias veces vimos filmar la dichosa serie en el campus. Si Hollywood vive de crear sueños, por supuesto que la televisión también.

BONUS TRACK: Encontré una lista completa de las lecturas sugeridas de la maestría, aparte de las obligatorias a las que hice referencia en el post anterior. Dejo la lista completa de libros y webs aquí.

Publicado por:

Periodista. Profesora especialista en periodismo digital, comunicación digital y social media. Directora de Clases de Periodismo y Sin Etiquetas. Consultora en Social Media. Soy editora de Audiencias del diario Perú21 del grupo El Comercio de Perú. Colaboro con la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano Gabriel García Márquez (FNPI).

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