Sandro Mairata

El amor en los tiempos de maestría da cólera

Por Sandro Mairata

Publicado el 24 de octubre del 2011

Viaje por el río Hudson de la Promoción 2011, tres días antes del día de graduación, domingo 15 de mayo de 2010. Foto: Nick Pandolfo

Tuve tres relaciones heridas de muerte por estudios de posgrado. La primera aceleró su deterioro hace cinco años cuando ella partió primero a Estados Unidos para seguir su maestría y yo, desde Perú, aún gateaba en mi camino hacia Columbia. La segunda, en 2009, fue una hermosa muchacha que tuvo la precaución de dejar ir al reciente beneficiario de una Beca Fulbright que no iba a poder con ella y con su nene de solo meses en medio de la vorágine estudiantil de Nueva York. La tercera herida mortal se abrió cuando mi avión despegó y me sustrajo de una historia de cortos meses con una mujer segura de sí misma y que no estaba para relaciones a distancia.

En el fondo, ¿hay alguien que esté para relaciones a distancia?

Por eso le bautizamos como “La Maldición J-School” (The J-School Curse); esa instancia inevitable de rompimiento que pasamos varios de nosotros en aras de obtener el diploma. Los que peor la pasamos por motivos obvios éramos los estudiantes internacionales, los estadounidenses resolvían sus distancias con llamadas seguidas y escapadas de fin de semana. Pero dentro del grupo internacional, al subgrupo proveniente de Asia, Australia u Oceanía les iba peor por las diferencias horarias.

Por más maravillas que te ofrezcan GMail, Skype o Facebook, poco queda hacer si cuando tienes tiempo libre tu pareja, al otro lado del mundo, necesita horas de sueño. Y del lado contrario, pocas cosas tan tristes como cortar una esforzada llamada venida de lejos solo porque te interrumpen en clase, en medio de una entrevista o simplemente en el instante equivocado.

Mi solución, la solución natural desde mi punto de vista, fueron los noviazgos entre compañeros. Era inevitable y hasta cierto punto de vista saludable porque ahora que escribo esta memoria meses después de acabar la maestría, es en este espacio donde mejor nos descubrimos como gente en la misma lucha, con las mismas pasiones y diferencias y angustias.

Las parejitas brotaron por doquier.

No me animo a hablar de la vida de otros sin permiso pero entre quienes lo supieron fue una grata sorpresa enterarnos que, a cuatro meses de conocerse y empezar a salir, mi gran amigo Cheng Herng Shinn (Filipinas) y Huini Coo (China) ya estaban hablando de casarse.

Otras parejas formales tuvieron como protagonistas a estudiantes indios, a un argentino y una turca, una estadounidense latina con un gringo total –fanático de lo latino–, y por supuesto, estuvieron los que hicieron lo imposible por mantener la fidelidad, y aquellos que no lo consiguieron.

Esto último fue divertido, sobre todo en los días de graduación, donde las parejas “oficiales” venían a aplaudir a sus queridos recién graduados, y unos y otros (de nuestro lado) se enteraban de las verdaderas vidas de quienes se pintaban de una manera y quedaban expuestos de otra. Las caras largas de algunas compañeras tragando orgullo al ver a su compañero sentimental de maestría de la mano de su real compañera de vida; y las de los babeantes esperanzados por la compañera de amanecidas que aparecía radiante con su galán del brazo fueron la nota incómoda de esos días finales.

¿Yo?

Como todos los hombres de la promoción 2011 de la Escuela de Periodismo de Columbia, puedo dar fe que Dios existe. Tuvimos la suerte estadística de casi 4 chicas por cada hombre, y tuvimos una maravillosa combinación de belleza e inteligencia en todas nuestras compañeras. Era demasiado distractivo.

Traté de salir en serio, salí varias veces en plan de pasarla bien. Pero si algo creo haber hecho bien fue mantener la cabeza en el lugar correcto, ya que el costo de estar en Columbia era tan alto que no pensaba ponerlo en juego por una relación.

Eso y que las chicas que me gustaron en serio ya tenían novio.

Con las maestría ahora convertida en recuerdo, para satisfacción de muchos, varias parejas continúan juntas. Otras, separadas por los destinos profesionales, continúan relaciones de cordial cariño. Los que se odian no tengo idea quiénes serán, pero para mí somos todos hermanos de una familia extensa y diversa, que aún nos escribimos, frecuentamos y en mi caso, trabajamos juntos.

La única chica que se quedó con mi corazón en Columbia –y lo sabe porque se lo dije–, vive una cómoda relación con su novio. El afecto entre ambos surgió de horas sentados colocando laptops contra laptops en el Centro Estudiantil, de conversaciones sobre lo incierto de estudiar tanto quién sabe para qué, de tardes en los escalones de la maravillosa Low Library después de horas de clases extenuantes. Al final nos separaron las barreras culturales, y las ciudades. Igual mantenemos la amistad y hablamos cada semana para mantener ese estima que queda en los casos que pudo ser y que nunca se sabe.

Yo lo que sé es que irte a estudiar y hacer pasar una relación por la prueba de la distancia no es la situación ideal para nadie.

Al menos, espero que no sea de nuevo el caso para mí.

Les dejo un video de los mejores tiempos de J-School, el día que Snoop Dogg dio un concierto en el campus. Filmado y editado por mí, como testimonio de los amigos que siempre seremos.

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