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México (I): Relatos de luz y sombra para reporteros

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Por Darío Dávila de Periodismo Indeleble (*)


Sumario: 
Conjugar el verbo descubrir en México es conjugar el verbo peligrar. Los reporteros mexicanos esquivan balas fuera y dentro de sus redacciones. Algunas tienen forma de amenazas a ellos y sus familias. Otras intentan o logran corromperlos. Las más letales ya han probado su eficacia: Del año 2000 a la fecha han sido asesinados 74 periodistas, la mayoría de ellos entre 2005 y 2011. La ojiva de la bala tiene forma de impunidad en los crímenes contra los reporteros. A veces también de presiones financieras o gubernamentales para asfixiar sus empresas. Algunos periodistas se han organizado para no dejar de contar historias en medio de tanto humo que producen los conflictos de violencia. Otros tienen que guardar silencio. Porque a veces mantener la boca cerrada es seguir con vida. En algunas regiones del país los reporteros están comprendiendo que lo que le pasa a uno de ellos, le ocurre a todos ellos. Los siguientes relatos de periodistas no necesitan traductores. Tampoco son un manual para sobrevivir en una guerra donde los periodistas no escogieron estar. Son estampas de una realidad con muchas verdades.

 

Tenía la voz de niño y la ronquera de un anciano. Le gustaba demostrar que sabía mucho de pistolas. Mira- decía- colocándose en posición de disparo- debes empuñarla así. Sabía, como tomar el arma, sus dimensiones, sus mecanismos, color, textura y hasta olor. A veces era como un niño gigante jugando a las pistolas en la redacción de aquel diario en la ciudad mexicana de Reynosa, Tamaulipas en la frontera con Texas.

Nunca supe cómo llegó a ser reportero de judiciales pero esa tarde a finales de agosto en plena redacción, él encabezaba las negociaciones para evitar la muerte de una reportera que había documentado la brutalidad policiaca de un par de policías.

Lo veía llegar de madrugada con su libreta de apuntes y botas de militar perfectamente lustradas. Tenía la manía de soplarse aire hacia los cachetes con los labios torcidos hacia un costado. Una tarde remilgosa, con ese calor de la frontera que parece que te muerde la piel, intuí que el ritual, era más continuo.

El reportero buscaba desactivar el posible asesinato de una reportera que años después sería su pareja.

-¡Sí señor!, decía por teléfono y remataba mirando a los demás compañeros de la redacción: Quieren que vayamos…

La reportera había publicado en un diario local cómo dos guardias municipales de Reynosa, habían golpeado a un detenido. La nota había sido completada con los dichos de un defensor de Derechos Humanos.

Horas después una llamada de un traficante local asociado al cártel del Golfo  pedía la cabeza de la reportera. ¿El motivo? Los policías estaban al servicio del grupo criminal y su patrón, el narcotraficante, estaba molesto con la historia publicada.

La reportera debía obedecer la orden. La citaron a espaldas de las oficinas de la policía local de Reynosa. En la redacción sus compañeros reporteros sabían.

– La oficina estaba llena de computadoras y armas, me contaría después.

– ¿Te iban a matar?

– Sí, me dijeron que me había equivocado con sus muchachos de la compañía al publicar esa información.

En la frontera tamaulipeca, decir que uno trabaja para ‘La Compañía’ tiene dos traducciones: Pertenezco al cártel local o les ayudo en algo. Y la reportera se había metido con ‘La Compañía’.

Sobre la mesa –me dijo- había también platos con camarones.

En aquellas fechas, el cártel del Golfo en su representación local en manos de Gregorio Sauceda ‘Don Goyo’ -actualmente preso- y Los Zetas, mantenían cierta armonía.

Ellos mataban y el cártel administraba. 
Ahora ambas organizaciones se han fracturado: Los Zetas y el El Golfo se pelean el control de la frontera con batallas que cuentan miles de muertos.

Pero esa tarde a la reportera le dieron permiso de vivir. En la oficina sólo le llamaron la atención. La negociación del reportero fanático de las armas a favor de ella, le compró tiempo extra. También le ayudaron los otros reporteros que mantenían enlace con el cártel local, desde la redacción.

Algunos de los reporteros que ayudaron a esta colega, están hoy desaparecidos.

La pugna entre la organización delictiva conocida como el Cártel del Golfo y los Zetas  ha comenzado a cobrar la factura a decenas de reporteros que fueron amenazados o comprados durante muchos tiempo por esos grupos

Algunos periodistas siguen siendo castigados cuando no publican información a favor de un cártel u otro. Los ayudantes de los narcos, les cuelgan de una viga, y les dan de tablazos para que entiendan la lección de ‘La Compañía’.

¡ARRIBA LAS MANOS!

En la redacción del Diario de Juárez, en Chihuahua el norte de México, los radios empezaron a sonar. La información inicial era confusa. El reporte indicaba una balacera en un centro comercial y un policía muerto, cientos de personas estaban en crisis y había una persecución en los alrededores del mall.

Un rápido intercambio de datos con los contactos y luego un movimiento de cabeza que indica “vámonos”, alertó a los reporteros que esperaban en la Fiscalía Estatal.

De inmediato nos dirigimos a los autos. Conté cuántos éramos antes de tomar la avenida. Íbamos seis medios de comunicación. Nos desplazábamos juntos y en fila.

El caos era total en Galerías Te. No era uno, sino cuatro los muertos. Era un robo a un módulo del predial, los agentes municipales se enfrentaron a los ladrones y varios clientes intervinieron en apoyo a la policía. Había civiles lesionados. Policías héroes y decenas de mujeres y niños agazapados dentro de los locales comerciales en espera de ser evacuados.Mientras entrevistábamos a los testigos, un camarógrafo me dijo:

-Captamos todo desde el interior, vente, son imágenes exclusivas.

Corrí tras él mientras le gritaba a Lucio, mi compañero fotógrafo, que me siguiera.

Tras nosotros fue el gerente de la plaza que albergaba en su interior las instalaciones de un canal de televisión. Este llamó a los agentes federales que estaban presentes en la escena del crimen.

Su molestia era la posible difusión del hecho violento dentro del centro comercial.

Tras un altercado verbal, el sitio se llenó de oficiales que con fusiles de asalto. Nos gritaban: ¡Alcen las manos y tírense el piso! Nosotros gritábamos que éramos periodistas y mostrábamos nuestras identificaciones.

No hubo tiempo de nada. Una oportuna llegada de los agentes estatales nos salvó y nos sacaron del centro comercial con la memoria (USB) llena de imágenes.

En Juárez, ya no hay exclusivas en las notas policiacas. Por seguridad los reporteros hemos decidido movernos juntos, incluso en los autos que tienen logos de las empresas como una medida de seguridad. Aprendimos a conjugar el verbo avisar. Yo aviso, ellos me avisan, todos nos avisamos.

La historia que cubrimos tenía muchos ángulos, pero ninguno fue la agresión que sufrimos. A veces nos acostumbramos a la agresión y pensamos en ella como “gajes del oficio”. Lo que sí hice fue hacerlo público a través de mi Facebook, porque ni Lucio ni yo tomamos fotos o grabamos.

Un fotógrafo observó correr a lo federales y a lo lejos observó que nos apuntaban por lo que él tomó las fotos.

Más adelante, el mando de la Policía Federal nos explicó que el gerente pidió ayuda, pero no dijo qué pasaba y como se suponía que los locatarios eran las víctimas no se cercioraron de lo que pasaba hasta que los agentes estatales intervinieron y explicaron que era un conflicto de intereses entre arrendador y arrendatario.

UNA CREDENCIAL NO IMPORTA

 

La violencia cambió la forma de hacer periodismo en Ciudad Juárez, al igual que en muchas regiones de México. Las fuentes se secaron por miedo. Publicar este video o aquella pancarta con mensaje de narcos y entre narcos es de alto riesgo y pone en riesgo la vida. Los militares no reconocen las credenciales de prensa y las compañías de seguros arrastraran los pies a la hora de dar cobertura a los reporteros.

Esta situación estalló de forma incontrolable a principios del 2008 en esta región al norte de México. El cartel de Sinaloa, que dirige Joaquín, ‘El Chapo’, Guzmán, comenzó a disputar la plaza al Cartel de Juárez –dirigido por Vicente Carrillo- . Más de 9 mil muertos en cuatro años, en una población de 1.3 millones de habitantes.

Ante tales circunstancias, el dilema que se tenía enfrente era el silencio o seguir informando.

Se decidió no dar un paso atrás. Muchos periodistas de Ciudad Juárez ratificamos nuestra vocación de comunicadores, convencidos de que cuando el objetivo es tan grande, como libertad de la sociedad, vale la pena dar esa batalla.

Para eso empezamos a trabajar en equipo, incluso con la competencia. Se sacrificó la exclusividad y las firmas en notas y fotografías. Reporteros y fotógrafos llegan juntos al lugar del crimen y se retiran juntos.

Encontramos que “el mejor blindaje es seguir investigando”. Dando Balance a la información, conocer límites, respetar derechos de las personas. Prestando atención a lo inusual, peligroso o arriesgado, así como evitar confrontaciones y situaciones que pudieran resultar riesgosas

BALAZOS EN LA OSCURIDAD

¿Estás loco? Me dijo un estudiante de preparatoria mientras yo avanzaba a pie por las calles oscuras del Infonavit 5 de Mayo en la ciudad de Nogales, Sonora. El muchacho me preguntaba hacia donde iba yo en medio de la noche. Minutos antes había hablado a la redacción del diario El Expreso para informarles del enfrentamiento a las 21:15 horas aproximadamente de aquella noche de agosto.

Los balazos retumbaban intermitentes en la oscuridad de Nogales. Las balas trazadoras causaban curiosidad entre los vecinos de los edificios habitacionales que temerarios se asomaban por las ventanas.

– ¿Viste, viste esas balas de color rojo?-, se oían las voces de exclamación en la oscuridad.

Los enfrentamientos se daban cotidianos ese año con más de 250 muertos en un año en una ciudad de 200 mil habitantes.

La gente del cártel de los hermanos Beltrán Leyva estaba enfrentada a la del Chapo Guzmán, uno de los hombres más ricos del mundo según la revista Forbes. La guerra era a muerte.

el5antuario.org

-¿Dónde es la balacera?-le dije al estudiante.

El crucero donde nos encontramos el joven y yo tenía como ocho salidas. Todas llevaban a cañadas conflictivas y la confusión era porque había fuego cruzado. Los cerros multiplican los estallidos de las balas haciendo más confusa su ubicación. Camine por esa calle, para que no le toque la balacera, me dijo como un guía de turistas extremo.

Pero yo voy a la balacera. Soy reportero… ¿Por dónde puedo llegar más rápido a pie?-, dije.

– Es allá, por la Orizaba-, dijo, señalando con su dedo al oriente de Nogales a la conflictiva colonia Orizaba…

– Usted está loco, no vale la pena…

Y así en medio de la noche, el estudiante huía de la balacera.

Dejé al joven y bajé por la calle Cinco de Mayo para llegar por la parte más segura. Las luces de la ciudad estaban apagadas. La calle era un callejón oscuro.

De pronto una Explorer negra a vuelta de rueda, como decimos en el norte, pasó a mi lado. Me temblaron las piernas, al verme solo en medio de la nada. A merced de los tipos armados del auto. Sólo me miraron. Siguieron de largo.

Esta zona, como casi todo el casco urbano de Nogales es de arroyos pavimentados, cerros habitados. El sitio del enfrentamiento era amplio. Se dio de carro a carro. De lo alto de los cerros también dispararon.

En un crucero, bajando un cerro me topé con una patrulla de la policía municipal cuyos agentes disparaban hacia los cerros y calles, mientras iban a alta velocidad. Esto no estaría en los partes policiacos. Ellos más bien parecían parte del enfrentamiento.

Los daños en algunas casas eran evidentes. Los grupos en pugna se llevaron a sus heridos.

A los 30 minutos aparecieron los convoyes de las corporaciones policiacas. Para entonces ya no había cuerpos, sólo balas y un reportero en la oscuridad.


FOTOS: Darío Dávila/Diario de Juárez/ Omar Martínez

(*) Periodista mexicano y consultor independiente. Es profesor del Centro de Periodismo Digital de la Universidad de Guadalajara donde ha impartido bajo el auspicio del ICFJ y la Embajada de Estados Unidos, el curso Cobertura Segura: Guías para el ejercicio periodístico en zonas de riesgo. Ha escrito para Reporte Índigo, Emeequis, El Universal, Crónica, Revista Sole y Metro. Como consultor ha dirigido procesos de cambio de cultura de trabajo en las redacciones de los diarios Vanguardia, Noroeste, El Mañana y la cadena de diarios El Mundo.

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