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México (III): Reporteros al servicio de los capos

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Por Darío Dávila de Periodismo Indeleble

CUIDADO CON LO QUE ESCRIBES

Las circunstancias de riesgo para los periodistas de Tamaulipas han variado en los últimos meses. Ahora no es igual que hace un año y menos, que hace tres, cuando viví uno de los incidentes más delicados, a mi juicio, porque implicó amenazas directas y algunos empujones, pero en realidad no fue nada, comparado con lo que pasa actualmente.

Aquella vez, yo fui a tomar fotos al centro de Matamoros, para un reportaje del día del padre y, por casualidad, se suscitó una trifulca que empecé a fotografiar. En eso, una chava intentó arrebatarme la cámara, llamó a otros de los sujetos que estaban golpeando al primero y me rodearon (eran como 13), pero supongo que andaban drogados o muy desnutridos, porque me fue muy fácil quitármelos de encima con algunos empujones, bastantes gritos y mentadas de madre.

Me dio mucho miedo, pero al mismo tiempo reaccioné llamando desde mi radio al primer contacto que tenía a la mano, que era el director de noticias de la difusora donde trabajo, y mientras forcejeaba con los tipos, que ya luego entendí que eran halcones disfrazados de vendedores de chiches y limpiavidrios, le informé que me estaban amenazando y tratando de quitar el equipo. Luego llegó una señora, más calmada y me explicó que ellos operan un juego de azar –el de ¿dónde quedó la bolita?-obviamente ilegal, y que habían tendido que golpear al muchacho del inicio porque perdió su dinero y estaba reclamando. Así, me pidió que no publicara nada y me dejarían ir.

Sobre el cómo preservar la integridad, en esa ocasión me funcionó primeramente el instinto de supervivencia porque, aunque soy muy bajita y peso 48 kilos, me defendí con todo lo que pude. También es determinante estar siempre comunicados. Probablemente si yo no hubiera avisado de inmediato lo que estaba pasando, ellos –los malos- hubieran tenido ventaja.

En otra ocasión recibí una llamada que me pareció intimidante, de un compañero de medios informativos diciéndome que tuviera cuidado con lo que escribía, porque no solo me podría pasar algo a mí, sino a mis niños, por una nota que me ordenó el entonces director del periódico donde yo trabajaba, que incomodó a los inmiscuidos.

Según él, me lo decía en “buena onda”, pero lo más probable es que fuera de parte de alguien, porque ese reportero no es mi amigo, ni me llama usualmente. De todos modos, he hablado claro con mi familia sobre los riesgos de mi trabajo y tomado algunas medidas de seguridad, como estar siempre comunicados, reservar la información que damos sobre nuestras salidas o actividades y nunca tener una rutina fija, para traslados ni horarios.

Todo eso es solo prevención básica, pero ahora es muy cierto que la amenaza para los periodistas es permanente y muy delicada, porque yo me he enterado de compañeros a quienes los han “levantado” o secuestrado, los encañonan y los abandonan, si bien les va, en algún lugar despoblado. Recientemente, un colega fue víctima, pero al ir a denunciar, en el Ministerio público no le quisieron tomar la declaración como él la estaba dando, le cambiaron los elementos de secuestro a robo con violencia. Él ahora está escondido fuera del país y, para esto, ninguna de las dos empresas para las que trabajaba le facilitó un abogado ni apoyo alguno, incluso muchos reporteros lo criticaron por haber denunciado, decían que exageró y ni siquiera había sido para tanto.

EL ENEMIGO EN CASA

En algunas redacciones mexicanas los periodistas toman decisiones con dos tipos de armas apuntándoles a la cabeza. Una la empuñan grupos del poder local relacionados con la mafia. Otra,  periodistas locales corrompidos o amenazados por organizaciones delictivas.

- Es vivir con el enemigo en casa. Con alguien que al cierre de edición te puede tumbar una nota policiaca si no le conviene a los malosos de la plaza, cuenta un periodista en la ciudad de Boca del Río que ha tenido que enfrentarlos al interior de su diario.

¿Cómo puede una redacción permitir que algunos de sus trabajadores hayan sido corrompidos y sigan al interior de sus empresas?

En la ciudad de Monterrey, al noreste de México, un periodista de una televisora local tiene una explicación:

-Para muchos editores y jefes de redacción son un mal que las empresas tardaron en reconocer. Ahora no pueden despedirlos porque ellos (los reporteros corrompidos) los amenazan con hacerles saber a sus contactos en la mafia esas represalias.

La relación entre el poder de las mafias y los reporteros ha sido un tabú entre los periodistas mexicanos.

A principios de 2005 y 2006, la cabeza de ese grupo, Osiel Cárdenas Guillén (actualmente preso en una cárcel de Texas en Estados Unidos) organizó una fiesta para los niños en las ciudades de Miguel Alemán, Reynosa, Matamoros, Ciudad Mier, Nuevo Laredo y Piedras Negras, Coahuila.

“La constancia, disciplina y esfuerzo son la base del éxito, sigue estudiando para seas un gran ejemplo. Feliz día del niño 2006. Con todo mi afecto para el triunfador del mañana te desea tu amigo Osiel Cárdenas Guillén”, decían cientos de tarjetas que los niños recibían en un estadio donde el cártel les había llevado espectáculos de lucha libre, payasos y música. Los reporteros, que cubrían el evento, ayudaban a la logística en la entrega de los premios y la euforia se encargaba de lo demás.

¿Pero a qué se dedica realmente un reportero corrompido por el narcotráfico? En una redacción de la ciudad de Córdoba, Veracruz un editor lidiaba hasta hace unos meses con un caso similar.

-Era un reportero sobre el que no teníamos control. Había días en que no mandaba ninguna información y cuando lo buscábamos no respondía el móvil. Pero cuando había operativos militares él nos hablaba para decirnos que no había que publicar esa información o habría consecuencias contra nosotros y el periódico.

El editor me relata: Recuerdo una nota de un taxista que apareció asesinado en un municipio cercano Córdoba, Veracruz. El crimen no tenía las restricciones habituales como para considerarlo ‘no publicable’, es decir, no estaba atado con cinta canela de pies, manos y cara, no tenía el tiro de gracia con calibre 9 milímetros o de ‘cuerno de chivo’, polis estatales y hasta municipales estaban en la escena y, lo más importante, no había aviso-amenaza previa sobre el evento (como otras tantas veces).

Así que cuando decidí publicarla en portada de policiaca me sorprendió que el reportero me dijera que la nota ‘era de aquellos’ (Los Zetas)….-no puede ser-, le dije; -nadie hizo advertencias al respecto a otros medios y…ahí estaba todo mundo.

Tras varios minutos de ‘estira y afloja’ con el reportero corrompido, mi desconfianza se despertó y por alguna razón, sabía que antes del cierre recibiría una de ‘esas llamadas’, por lo que, en forma inusual, coloqué una grabadora a mi celular.

Sólo 30 minutos después mi celular sonó mostrando un número sin identificar…accioné mi grabadora y…sí, eran Los Zetas con la amenaza. No volví a confiar en el reportero que, a la postre, fue despedido.

Otra estampa desde una redacción en Coahuila: El reportero llegó en su día de descanso al diario. Quería ver la portada del día siguiente. El Ejército mexicano había asegurado una bodega con vehículos presuntamente usados por un grupo criminal.

De pronto le dijo al editor que la nota no iba a salir por órdenes de los de arriba (Los Zetas).  En cuestión de segundos recibió una llamada a su radio. El reportero abandonó la redacción. La nota salió publicada y días después el informante de los traficantes, fue despedido.

En operativos militares en ciudades como Monterrey y Guadalupe, Nuevo León, han sido descubiertas listas de periodistas en la nómina del narcotráfico.

Los pagos pueden ir desde 100 hasta 2 mil dólares mensuales a cambio de publicar información que afecte los operativos militares o alertar sobre acciones judiciales que perjudiquen a esa organización criminal.

-En casos extremos, algunos de los reporteros son amenazados para hacer historias que dramaticen supuestos abusos de fuerzas federales contra la población. Incluso, algunos cárteles exigen que se hagan públicas noticias de los asesinatos que cometen para intimidar a un grupo rival, comenta un editor en la ciudad de Jalapa, en Veracruz.

Los reporteros al servicio de los capos siguen trabajando en muchas redacciones mexicanas. Lo saben sus empresarios y directivos. Pero también se enfrentan a otra realidad: El narco les da acceso a salarios que sus medios no les pagan, teléfonos, automóviles y una vida a la que difícilmente tendrían acceso ganando como periodistas.

El narcotráfico se metió por una ventana que los empresarios de los medios de comunicación y los periodistas dejaron entre abierta: La ausencia de una verdadera ética informativa, los malos salarios, la nula capacitación y un periodismo muy cercano al poder y muy lejano de los ciudadanos.

FOTOS: Darío Dávila/Diario de Juárez/ Omar Martínez 

(*) Periodista mexicano y consultor independiente. Es profesor del Centro de Periodismo Digital de la Universidad de Guadalajara donde ha impartido bajo el auspicio del ICFJ y la Embajada de Estados Unidos, el curso Cobertura Segura: Guías para el ejercicio periodístico en zonas de riesgo. Ha escrito para Reporte Índigo, Emeequis, El Universal, Crónica, Revista Sole y Metro. Como consultor ha dirigido procesos de cambio de cultura de trabajo en las redacciones de los diarios Vanguardia, Noroeste, El Mañana y la cadena de diarios El Mundo.




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