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Periodista colombiana relata secuestro y violación a delegados de paz en Cuba

Por @cdperiodismo

Publicado el 03 de noviembre del 2014

“Es muy difícil llegar a expresar este dolor, es muy difícil tener que recordar todo el tema de la violencia sexual”, dijo la periodista colombiana Jineth Bedoya, tras relatar a los negociadores del gobierno y de la guerrilla comunista de las FARC la pesadilla que vivió el año 2000 al ser secuestrada, torturada y violada por paramilitares.

Tras entregar su dramático testimonio a negociadores de paz del gobierno y de las FARC, dijo que regresará a su país con “una carga menos”.

“Estar en La Habana es una oportunidad histórica no solo para hablar de mi dolor, sino para reconstruir al país”, indicó Bedoya, junto a 11  víctimas del conflicto armado colombiano que ofrecieron ayer sus testimonios y exhortaron a los negociadores de ambas partes a no levantarse de la mesa de diálogo hasta alcanzar la paz.

La historia de Bedoya es dolorosa. Actualmente viaja con escoltas por Bogotá y trabaja en El Tiempo. Su rostro apacible y su sonrisa amplia, así con la calidez con la que te habla, no esconde la pesadilla que todavía la acompaña.

Jineth Bedoya fue víctima de los paramilitares en el 2000, cuando fue secuestrada en la cárcel La Modelo, de Bogotá, y después fue víctima de abuso sexual. Es la primera periodista víctima que será escuchada en los diálogos con las Farc, precisa El Tiempo.

El secuestro y abuso sexual del que fue víctima hace más de 12 años la periodista Jineth Bedoya fue declarado por la Fiscalía General como crimen de lesa humanidad y, en consecuencia, no prescribirá ni se archivará.

Según un documento de la Fiscalía fechado el 10 de septiembre,  la fiscal Bibiana Orozco, de la Unidad Nacional de Derechos Humanos, concluyó que el plagio y violación de Jineth Bedoya Lima el 25 de mayo del 2000 en momentos en que ingresaba a la cárcel La Modelo de Bogotá “es un crimen de lesa humanidad”, refiere Semana.

“El ejercicio profesional del periodismo por parte de Jineth y sus colegas, enfocado hacia la denuncia pública de las irregularidades que se estaban dando en ese penal, en las que los paramilitares eran promotores, les resultaba supremamente incómodo para el desarrollo de la causa paramilitar y su política de guerra contra el penal“, sostuvo Orozco en su escrito de 128 páginas, de acuerdo con la revista.

TESTIMONIO

“En medio de esa búsqueda me encontraba con dramas terribles de mujeres desplazadas, compañeras sentimentales de paramilitares y guerrilleros, o simples visitantes del penal que eran abusadas sexualmente. El tema, para mí, era simplemente un delito más que se cometía dentro del conflicto armado o producto de la descomposición del país y tengo que confesar que ni siquiera me detenía a examinarlo, porque a pesar de que lo registraba superficialmente en los artículos, estaba muy lejano de mi cotidianidad.

Pero mis ‘hazañas’ periodísticas me cobraron el haber tocado a quien no debía. Esa mañana de mayo llegué a la puerta de la cárcel La Modelo de Bogotá en busca de una entrevista con un paramilitar y terminé drogada, amordazada y en la parte trasera de una camioneta rumbo al infierno.

Al principio no entendía nada de lo que ocurría. Pensaba que por orden de Carlos Castaño, jefe de las Auc, me iban a preguntar por qué estaba publicando tantas notas en su contra, o por qué había dejado al descubierto la red de tráfico de armas que tenían en complicidad con algunas personas de la Policía dentro del penal.

Especulaba, en un torbellino de pensamientos e ideas sobre lo que ocurría, mientras me ahogaba en mi propio vómito: estaba mareada y cuando supliqué que me dejaran vomitar, me pusieron una cinta adhesiva en la boca. Luego, cuando intenté quitarme la venda que tenía en los ojos, la respuesta fue una patada en la cara.

Hasta ese momento creí que se trataba solo de una golpiza como advertencia y que pronto se acabaría y podría respirar. Pero la camioneta se detuvo en un campo abierto donde había muchos hombres, pasaron algunos minutos y de nuevo el sujeto que me había apuntado con una pistola en la puerta de la cárcel, el que me había dado un punta pie en el rostro y me había arrancado mechones de cabello mientras me zarandeaba la cabeza, había vuelto. Por enésima vez puso su pistola sobre mi sien, la cargó y luego de golpearme me obligó a abrir los ojos lo más grande que pudiera: “míreme bien la cara hijueputa; míremela porque no se le va a olvidar nunca”. Esa fue su sentencia y luego vino la ejecución.

Sentí un frío helado por todo el cuerpo y el miedo se me sembró en el pecho. Intenté de todas las maneras posibles evitar que me quitara el pantalón y la ropa interior. Traté de reunir todas las fuerzas posibles para que no me tocara ni se acercara a mi cuerpo, pero sus otros compinches llegaron para acabarme de hundir en la humillación. Tenía apenas 26 años y la vida deshecha por tres mal nacidos”.

Fuente del testimonio: http://www.las2orillas.co/

 

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