Claves

Lecciones de periodismo de Juan Gossaín

Por @cdperiodismo

Publicado el 08 de noviembre del 2015

Por: Óscar Durán Ibatá 

El pasado 30 de junio de 2010, el periodista y escritor costeño Juan Gossaín Abdalah, renuncia a la dirección de noticias de RCN. Como proceso de investigación académica y periodística, me propuse conocer la vida y obra de este personaje, indagando sobre la forma como adquirió la experticia y preguntando sobre los conceptos que hacen único este oficio.

Sigo considerando que para entonces, era ya un modelo para las nuevas generaciones de comunicadores, que seguían su obra desde los salones de clase, a instancias de las tareas de formación o de la dinámica misma del compromiso personal con el proceso. Lo que sabía de él era elocuente: había nacido en el año 1949, en la población de San Bernardo del Viento, Córdoba, y desde edad muy temprana empezó a tener inquietudes por lo que más tarde llegaría ser su profesión.

De hecho, a los 3 años conoció los cuentos de las Mil y una noches, a los 5 empezó a teclear una máquina de escribir, a los 8 fundó su primer periódico, a los 10 conoció a Conrad y se enamoró de los escritores clásicos, a los 13 dictó su primera conferencia, a los 14 escribió los primeros poemas y cuentos, a los 15 empezó a corregir diccionarios. Con un tiempo más adulto, escribió cuatro novelas, tres libros de cuentos y dos compendios de crónicas periodísticas, se mantuvo como director de noticias de una de las más prestigiosas cadenas radiales del país durante tres décadas y media y fue escogido como miembro de la Academia Colombiana de la Lengua española.

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¿En qué dirección cree que irá el futuro del periodismo en Colombia?

La verdad es que a estas alturas de la vida…Yo llevo 36 años casi en el periodismo, lo único que yo aspiraría ahora sinceramente y muy seriamente es a sentarme a mirar el mar. Cada día tengo menos ambiciones personales, nunca las he tenido, pero a medida que uno va envejeciendo se da cuenta de un fenómeno: la juventud profesional es una época de ambiciones y de sueños y de ilusiones profesionales, la madurez en cambio es una época ya de más reflexiones, de más serenidad. No he dicho que no tenga ambiciones, al contrario, si no hubiera utopías, si uno en la vida no tuviera ilusiones, la vida no sería más que un proceso entre nacer y morir, no sé quién dijo que “sin ilusiones la vida sería solo un largo ensayo para morirse”, de eso depende la vida, de uno de tener ilusiones, de tener sueños y esperanzas. Lo que quiero decir es que las de carácter estrictamente personal, lo que la gente suele llamar la prosperidad, el progreso, esas cosas no me interesan mucho, profesionalmente me interesa mucho por ejemplo un tema: ¿qué va a pasar con las nuevas generaciones periodísticas en Colombia? ¿En manos de quién va a quedar el noticiero que yo cree hace 20 años…21 años? ¿Estamos preparando gentes para eso, gentes jóvenes? jóvenes no significa adolescentes que son jóvenes, jóvenes significa gente preparada, ilustrada, fogueada, pero que no es inexperta, eso es lo que quiero decir. Me preocupa profesionalmente hacia dónde va el periodismo colombiano del futuro, porque estoy viendo con mucha complacencia los grandes avances tecnológicos, cada día es mayor la cantidad de satélites, de recursos, de parabólicas, de transmóviles. Lo que me preocupa es lo otro: lo que no se puede comprar en las tiendas, los principios inmodificables del periodismo, por ejemplo, qué tanto están los muchachos aprendiendo a ser independientes, a ser cada día más rigurosos en el trabajo, a ser imparciales, a ser incluso cada día más responsables en el trabajo, esas son mis preocupaciones de hoy en día en materia profesional, pero ninguna de índole personal.

¿Existe en su trabajo una meta que dé sentido a lo que usted haga y que sea esencial para hacer de su trabajo algo que merezca la pena?

-Las familiares, aspiro a ver crecer a mis hijos sanos y salvos, aspiro a ver crecer al primer nieto que tengo que acaba de nacer, que además cometieron el desafuero de ponerle mi mismo nombre, espero que no por mí, sino por mi padre que se llamaba igual. Mire, las letras en la vida son una manera de estar vivo; yo nunca he creído en la palabra éxito, entre otras cosas porque me parece trivial, insustancial, en el concepto que nosotros los colombianos tenemos del éxito, en el concepto popular que implica no solo la palabra sino la connotación del éxito. Hay mucho de farándula, el éxito no puede ser un propósito en la vida y menos en el periodismo, seria minúsculo y mezquino el propósito; yo NO trabajo para tener éxito, si acaso uno lo acepta (el éxito) debe ser una parte del recorrido, pero no es la meta a la que uno quiere llegar, las metas en la vida son mucho más importantes que eso. El otro día, unos jóvenes como ustedes de la universidad me hicieron una pregunta muy curiosa ¿a usted cómo le gustaría que lo recordaran en el futuro? me parece curioso porque esas preguntas se las hacen a uno cuando se va a morir, ¿no es cierto? es una parte de epitafio, de testamento. Yo le decía: hombre, yo nunca había pensado en eso, pero ya que me la plantea, a mí me gustaría que si alguien por casualidad se acordara de mi en el futuro, me recordara como una persona que cumplió con su deber o que por lo menos hizo el intento diario de cumplirlo, esas son mis metas, ¿cómo lograr que la gente cada día confíe más en uno? ¿Cómo lograr cada día que el ciudadano, el oyente de radio, tenga más fe en uno, le de credibilidad a lo que uno dice?, esas son mis ambiciones, fuera de eso muy pocas otras, le confieso. Yo nunca he tenido muchas otras ambiciones personales, mi mujer dice gráficamente que si de mí dependiera, yo podría vivir con $200.000 (pesos) mensuales para comprar revistas de crucigramas; yo no compro ropa, a mí no me interesan los zapatos, me tiene sin cuidado eso, entonces en mi caso es muy difícil hablar de ambiciones personales, porque no las tengo, mis ambiciones son periodísticas, son familiares, más que periodísticas mis ambiciones verdaderas son, ver cómo se ve venir mejor el futuro, es lo que a mí me preocupa realmente.

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Pero… ¿y su objetivo?

-Que el día de mañana sea mejor que el de hoy. Yo he dicho toda la vida, y tal vez esta es la primera oportunidad que tengo de decirlo públicamente -y que quede un testimonio de ello- que lo que mantiene a un periodista vital es la convicción de que el día de mañana será mejor, que las cosas saldrán mejor mañana, que mañana habrá noticias menos terribles, que mañana podremos hacer un cubrimiento mejor y algunos, cuando me oyen decir eso, cometen la tontería de preguntarme ¿qué va a pasar mañana? como si estuviera hablando de un tema concreto, no lo sé. Mi teoría, creo que hablé con usted una vez sobre el tema, es la teoría del alpinista: la verdadera recompensa para un alpinista, un montañista, no es llegar a la cumbre, eso no tiene sentido. Llegar a la cumbre significa tratar de bajar cuidadosamente, que no se caiga, significa que ya ha logrado su propósito, lo que los colombianos llaman, con una expresión horrenda y triste que le gusta tanto a la gente: ¡sentirse realizados! sentirse realizados es una forma de volverse un vegetal ¡no, no, no! la gracia está en no sentirse realizado nunca, la gracia está en soñar que mañana será otro día, que el esfuerzo será mayor, que hay mejores propósitos, que cada día hay un destino mejor, que cada día, como usted dice, hay una meta más importante; eso es lo que a mí me mantiene vivo, es lo que yo espero del futuro y probablemente esa es la razón por la cual no me he retirado del periodismo después de tantos años y de tantos ajetreos y de tanta fatiga, porque yo sueño con que mañana será mejor. Yo todas las noches, al acostarme, primero rezo a Dios; yo soy un creyente, no una vieja fanática, ni beata, sino un creyente y rezo a Dios, y entre los agradecimientos de lo que pasó hoy, siempre le pido que mañana sea mejor. De eso vive el hombre, de ilusiones, de sueños… el hombre no vive de sentirse realizado, de eso no.

En su trabajo ¿ante qué o ante quién se siente responsable, o a qué o quién cree que le debe fidelidad?

-Probablemente, dicho ahora cuando ya estoy un poco haciendo mutis por el foro, como dicen en el teatro, ya casi cayendo el telón, no tenga mucha importancia, lo que yo reivindico es haberlo dicho desde joven, cuando necesitaba trabajar diariamente para comer y cuando bueno, para que entramos en esos detalles privados y personales, cuando me pasé también varios días sin poder comer; desde entonces vengo diciendo que yo no reconozco sino un jefe absoluto, único y verdadero, que es la opinión pública, incluso para pelear con ella, a veces me ha ocurrido que yo sé que hay noticias que no le gustan a la gente pero mi deber es informarlas aunque no les guste, yo no soy, he dicho muchas veces, que no soy recreacionista de fiestas, yo no soy como el mago que invitan al cumpleaños de los muchachos o como el payaso que llevan a una primera comunión para hacer fiesta y hacer reír a los demás, mi oficio a veces es muy cruel, es darle malas noticias a la gente. Las noticias no son ni buenas ni malas, las noticias son noticias; entonces yo reconozco a la opinión pública como jefe, pero en materia periodística, en materia de orientación, de decisiones periodísticas, ni siquiera a la opinión pública la reconozco como jefe, salvo mi conciencia y nadie más (reconozco como jefe) salvo lo que me dicta mi propio criterio. Hombre, que yo oigo sugerencias, consejos, recomendaciones, ¡ni bruto que fuera! Mi hija suele decir: ¡mi papá puede que sea loco pero bruto no es! y yo estoy de acuerdo con ella. Yo oigo sugerencias, recomendaciones, pero órdenes de nadie, ni siquiera de la ciudadanía. En materia empresarial, jamás, lo puedo decir con la boca llena y con la frente en alto, jamás, jamás, nadie me ha dado órdenes sobre lo que yo debo decir o dejar de decir, o nadie ha intentado manipular una noticia. Tengo la ilusión de creer que es porque yo no lo permito, pero también debo reconocer que si no lo han intentado hacer es porque la empresa donde trabajo es muy respetuosa de eso; si ellos lo hubieran intentado alguna vez o lo intentaren hoy o mañana, si alguien intentase darme órdenes en materia periodística, mi respuesta inmediata hubiera sido o sería en cualquier momento una carta de renuncia; no, yo no acepto en materia periodística más instrucciones que las que me dicta mi conciencia y más consejos que los que me dan mis propios compañeros de trabajo, a los que suelo consultar mucho, ¿por dónde enfrentamos esto? Pero en materia de independencia, en los principios, en materia de ética no acepto órdenes absolutamente de nadie, me han sacado de más de una parte o reunión social precisamente por no aceptarlas.

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¿Existen algunas cualidades específicas que hayan contribuido a los logros que usted ha alcanzado? ¿Creencias y valores?

–Yo no creo que sea muy decoroso hablar de uno mismo, me parece que hay algo de impúdico, de desvergonzado, es como salir desnudo a la calle. A veces es inevitable, sobre todo cuando se trata de estudiantes, de jóvenes, que quieren que uno se haga una radiografía en público…yo no las llamaría virtudes, ni atributos, yo diría que son algo mucho más modesto, modesto pero imprescindible. Yo diría que son características de un periodismo bien entendido, requisitos mínimos. Mire, de los errores que comete el noticiero, hace 21 años largos que está bajo mi responsabilidad, el único culpable soy yo, porque, como acabo de decir, yo no acepto órdenes de nadie en esa materia y pues si no las acepto, los errores son culpa mía, soy su único autor. ¿Sabe cuál es entonces la característica más importante que debe tener un periodista? reconocer sus errores, sondearlos. La misma prisa, el ritmo vertiginoso del trabajo periodístico los impone, pero frente a esos errores también hay unas condiciones positivas; la responsabilidad, la conciencia de que la información no es un favor gracioso, generoso, que los periodistas le hacemos a la gente. La información es un derecho de la gente, la gente tiene derecho a estar informada correctamente, oportunamente, verazmente, responsablemente, y luego si la gente tiene ese derecho, lo que hay al frente es un periodista que tiene el deber de informarlo de esa manera, esa creo que es la condición imprescindible, más importante de todas para informar. Tener conciencia que todo daño que se le haga a la ética periodística por parte de un periodista afecta a la sociedad, le afecta mal, la daña, los atentados a la ética ya no son como antes un problema individual del periodista consigo mismo, no, hoy en día la ética es un fenómeno social para bien o para mal, quiero decir que el acatamiento riguroso de la ética es bueno para la sociedad, de la ética periodística, pero los atentados contra la ética le hacen daño a la sociedad, luego la responsabilidad hoy en día es mucho mayor que si fuera un acto individual del periodista. El derecho de la gente a expresarse, la gente tiene derecho a que la oigan. Cada día estamos abriendo más espacios a la voz de la gente. Hay una condición con la que quiero terminar esta parte, que la dejé para el final porque me pareció muy novedosa y yo vengo hablando mucho de eso, insistiendo mucho en eso, “la verdad, el respeto a la verdad es un asunto ético, pero también hay una estética de la verdad”, quiero decir, no basta con decir la verdad, que es la ética, sino que hay que decirla bien dicha que es la estética de la verdad; para eso hay que prepararse, para eso hay que formarse, yo creo que nunca fui a la universidad porque no pude, soy un convencido de que el periodista debe venir con las bases académicas, humanísticas que le da la universidad, para decir estéticamente bien lo que éticamente es válido, eso es lo que yo espero del periodista del futuro.

¿Cuáles de sus creencias personales contribuyen a sus logros?

-Ahora que estamos en el cuarto centenario de la publicación del Quijote, yo estaba pensando en estos días, que la verdadera desgracia de mi vida consiste en que yo por fuera me parezco a Sancho Panza, pero por dentro me parezco a Don Quijote. Yo soy una especie de Quijote del periodismo, que todavía cree en el ser humano, yo creo en la bondad de la gente, yo soy un optimista irreductible, lo cual no implica que no sea un realista. Vea, yo quisiera que cada periodista tuviera, simbólicamente hablando, un escudo como los que llevaban lo caballeros de la antigüedad, como la que llevaba Don Quijote, y en el escudo cada periodista llevara escrita su consigna, mi norma de vida es esta: “lo único peor que un crimen, es una injusticia” eso lo escribió el “Che Guevara” hace muchos años en una carta de una señora de México. El verdadero enemigo contra el que hay que luchar en el periodismo es la injusticia, el atropello a la gente, esa es mi consigna y esa es mi orientación, he intentado toda la vida poner la justicia por encima de todo. Creo que la justicia es el nuevo nombre de la honestidad, uno a nombre de la ética no puede darle en el periodismo el mismo valor a la justicia que a la injusticia, no puede, esas son mis orientaciones morales. Mis amigos, mis hijos, mis compañeros, suelen decir cuando yo no estoy presente, mis paisanos me lo dicen en las cartas cuando me escriben, que están muy orgullosos de mí y yo me rebelo contra eso, yo no creo que nadie puede sentirse orgulloso de otro simplemente porque está intentando hacer las cosas de manera correcta, entonces yo les devuelvo la expresión con algo que quiero decir en este tema: “yo nunca he aspirado a que nadie se sienta orgulloso de mí, lo que yo pretendo es que nadie se sienta avergonzado de mí”, que es diferente. Es decir, mis ambiciones son así de limitadas, yo no confundo el orgullo con la satisfacción, que es distinto, yo me siento satisfecho en mi trabajo, ¡no! vuelvo y digo no, eso sería sentirse realizado, yo lo que intento es que la gente reconozca que yo hago todo lo que puedo por hacerlo cada día más correctamente, por eso digo que espero no se sientan avergonzados de mí, de ahí a creer que la gente debe sentirse orgullosa de uno, como si uno fuera una reina de belleza o una actriz de telenovela, no, eso no.

Juan Gossain

Foto: César K-rrillo de El Espectador

¿Piensa que sus creencias se oponen a los valores dominantes de su área de trabajo? ¿O cree que no?

-Ese es un tema complejo, porque entraríamos a hablar incluso de lo que piensan otros periodistas, o de la forma cómo actúan otros, o de los criterios que a ellos los rigen. No es fácil intentar ser comentarista de los actos ajenos, yo lo que pienso es que hay algunos intereses periodísticos, incluso profesionales, que para mí no son válidos. Mire, se ha hablado mucho en Colombia y en el mundo en los últimos años, del síndrome de “la chiva” y yo he llegado a una conclusión, después de tantos años de experiencia como periodista, lo importante no es quién lo dice primero, lo importante es quién lo dice mejor, lo importante no es que usted lo diga, por poner cualquier ejemplo: “acaba de morir el Papa”, lo importante es darle algo que sea capaz de presentar un trabajo bien hecho, complementado con voces vaticanistas, historias del Papado, de qué murió el Papa, qué dicen sus médicos. Los oyentes o televidentes o lectores, nunca recuerdan quién dio primero una noticia, siempre recuerdan quién hizo un gran informe y yo le hago un broma a mis compañeros de RCN, a los periodistas, a veces salgo a la sala de redacción poniendo cara de tonto, pregunto: ¿Quién fue el primero que dio la noticia de la tragedia de Armero? y hay 20 respuestas distintas, entre los propios periodistas, imagínese eso entre los ciudadanos. Todo el mundo sí recuerda quién hizo la gran entrevista de Omaira, ahogándose en Armero, que fue Germán Santamaría. Lo importante no es quién lo dice primero, lo importante es quién lo dice mejor, además se necesitaría que la gente fuera loca para uno creer que están buscando todo el día eso, la gente no está pendiente de ese bendito medio así, como para estar buscando cada dos segundos y saber quién la sacó con medio minuto de ventaja al otro. Yo me rebelo contra eso y me duele ver que a los jóvenes, sobre todo a los más jóvenes, les parece que ese es un motivo de obsesión, decirlo primero… más bien investíguelo bien, prepárelo bien. Yo he oído informes, la radio que es tan peligrosa, ya no hay que prender un botón ni nada, basta con sentarse y salir al aire, por eso la comparo con el alacrán cuya gran ventaja es que tiene veneno en la cola para defenderse, pero a veces termina mordiéndose su propia cola y se envenena a sí mismo; en la radio, entran y dicen: atención, se cayó un avión, ¡urgente!, no sabemos ni de qué empresa, ni dónde se cayó, ni cuántos pasajeros iban, eso es una estupidez, eso no significa nada, lo que logra con eso es alarmar a todas aquellas personas cuyos parientes o amigos están viajando en un avión, ¿qué pierde con esperar unos minutos más y averiguar bien los elementos de la noticia? todos los detalles, eso es lo que yo defiendo, eso es lo que me preocupa muchísimo, que por el afán de decirlo primero lo estén diciendo peor.

¿De qué trabajo se siente usted más orgulloso?

-Yo nunca uso la expresión orgulloso porque me parece pecaminoso, me parece una baladronada, como se decía antes, los muchachos le dicen ahora una chicanería, andar presumiendo de eso. Yo me siento satisfecho de que nadie pueda señalarme, después de 35 años, nadie puede señalarme a mí con el dedo, yo dije el otro día en una disputa pública que tuve con el Congreso Nacional, porque descubrimos que estaban tratando, de madrugada, subirse las pensiones en un proyecto de ley; hace rato, entonces algunos congresistas andaban murmurando de mí en los pasillos y yo dije que dijeran en la sesión plenaria lo que andaban diciendo de mí en los pasillos, porque yo no tengo nada que temer, yo he llegado a la conclusión de que una persona es chantajeable cuando teme algo que permita chantajearlo, si uno no ha hecho nada que se merezca un chantaje no es sujeto de chantaje, yo me complazco con eso. Cuando he tenido discrepancias con algunas personas, con el diario El Tiempo, por ejemplo, las tuve una vez muy serias y les dije: miren, el que tenga algo que decir de mí que lo diga públicamente donde quiera, yo presto los micrófonos de RCN, ofrezcan ustedes las páginas de El Tiempo. Me complace mucho pensar que el texto bíblico tiene razón, otra vez, cada quien cosecha de lo que siembra. Yo me complazco de pensar que en 35-36 años no he hecho nunca nada indebido, por lo menos a sabiendas, es probable que me haya equivocado, probable no, es seguro, me equivoco todos los días de buena fe, pero nunca he cometido un atentado contra la ética, jamás he tocado un centavo que no sea el producto de mi trabajo, jamás he herido a nadie por la espalda, todo lo que tengo que decir lo digo de frente. Un día le dije al director del DAS, salió en El Tiempo, que el DAS estaba interceptándole llamadas telefónicas a unos periodistas…y entre ellos estaba yo en la lista y le dije al aire al director del DAS: si usted quiere saber lo que yo pienso en privado compre un radio, es lo mismo que digo en público. De eso yo me complazco, de no ser motivo de escándalo para nadie y de tener la inmensa satisfacción de que a mí nadie me puede señalar con el dedo a menos de que esté cometiendo una calumnia, esa es mi gran complacencia.

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EL PERIODISMO NO ES LITERATURA

Cuando se escribe en periodismo, ¿qué cree que es lo más importante que se debe transmitir con las palabras o con los hechos? ¿Hay que hacer uso de la creatividad?

-En periodismo se castiga el exceso de imaginación, el desbordamiento de la inventiva. El periodismo no es literatura, yo no me cansaré de insistir en eso, a veces leo algunos cronistas jóvenes que son mucho más literatos que periodistas, lo peor es que es literatura de la mala, porque si fuera de la buena uno diría no leí una crónica, pero leí un buen cuento, no tampoco, mire, la imaginación necesita frenos en el periodismo, en la literatura no, en la literatura se necesita que se le arrié como los caballos para que se desborde, en el periodismo no, en el periodismo hay que tenerle, para seguir con el ejemplo del caballo, hay que tenerle frenos a la imaginación, riendas para controlarla; ¿sabe qué atenta también contra la creatividad? la falta de formación, cuando una persona se sienta en un micrófono o escribe para un periódico o se sienta frente a una cámara a dar la noticia de la muerte del Papa y ni siquiera sabe cuántos Papas hay, cuantos Papas ha habido, ni sabe dónde queda el vaticano, ni sabe quién puso la primera piedra de la basílica de San Pedro, obviamente va en desventaja con quienes sí lo saben completamente.

¿Es necesario asumir riesgos?

El periodismo es de por sí un riesgo diario en Colombia. En Colombia todo el mundo amenaza a los periodistas de todos los lados, desde la guerrilla, los paramilitares, desde las bandas de delincuentes comunes, bueno hasta los vecinos, todo el mundo amenaza a los periodistas y el verdadero peligro consiste en que los hechos han demostrado que en Colombia las amenazas se cumplen, por eso es tan peligroso ser periodista en Colombia, lo que significa que ser periodista en Colombia es un acto de coraje también, como si fuera poco hay que tener coraje, no es que haya que ser los temerarios o aventureros, no, hay que ser cuidadosos y hay que tener precauciones. A mí me preocupan mucho los colegas de uno que viven en las regiones más conflictivas y no tienen protección, la pequeña y modesta emisora del Magdalena o delCaquetá, en fin, como lo dije antes, en Colombia es un riesgo cotidiano ser periodista.

¿Qué influencias cree que fueron las más importantes para su forma actual de plantearse el trabajo profesional periodístico?

-Son muchas, esas influencias son las que más reconozco en mi trabajo, las que más identifico, las que tengo más precisas y las que más me satisfacen, más que influencias periodísticas o literarias yo he dicho siempre que todo lo que tenía que aprender sobre cómo comportarse uno en la vida, lo aprendí primero en mi casa, en la que viví poco tiempo hasta los 20 años, pero de esos 20 años casi todo el tiempo estaba en Cartagena, estudiando en el internado, en el Colegio de la Esperanza, y entonces digo que mis primeras lecciones verdaderas de lo que vale la pena aprender, es lo que le enseñan a uno en la casa, bueno o malo, en mi caso fue por fortuna bueno. Lo otro que tenía que aprender lo aprendí en el Colegio que le digo, en la Esperanza, desde entonces no he aprendido nada nuevo desde los 20 años de edad. Aprendí mucho de mi padre, en primer lugar era un hombre muy apegado a una vocación literaria que nunca pudo desarrollar pero que nos la transmitió a sus hijos, en mi casa mi papá leía todos los medio días en el comedor de la casa de San Bernardo del Viento, en el patio bajo un árbol de guayaba que había ahí, nos leía un capítulo, uno de los cuentos de las Mil y una noche, ahí cuando yo tenía 7 años, 6 años, aprendí las historias de Simbat el marino, Ali ba ba y los 40 ladrones, todas esas historias de las Mil y una noches. Más que la influencia literaria, lo que me marcó para siempre fue la disciplina que me enseñaron. Una vez en Bogotá, hace muy poco tiempo, tuve una discusión muy dura, muy acalorada con una persona miembro de una familia muy importante que había cometido un desafuero, se había apropiado de un dinero de una institución financiera y fue a reclamarme a RCN y me dijo: “yo soy el heredero de la familia tal…” ¿usted de que es heredero? Le dije de nada, salvo del buen ejemplo; que fue lo que a mí me enseñaron en mi casa y sospecho que a él no. Lo que yo aprendí en mi casa fue el buen ejemplo, hay que trabajar, hay que esforzarse, hay que luchar, nada es fácil; pero sobre todo de mi padre, aprendí lecciones como que uno no mete las manos en lo que no es suyo, por ejemplo; como que en los libros está todo lo que uno debería saber. Mi madre era muy distinta a él, muy diferente, mi padre era un hombre necio, todos los que lo conocieron lo recuerdan como un hombre dulce y suave, aparentemente frágil, pero de un gran carácter. Mi madre era al revés, era una mujer aparentemente dulce y suave, y era una mujer muy enérgica. De mi madre aprendí, más por razones culturales que religiosas, el valor de la fe; para mí la fe tiene un valor universal, la fe no consiste solamente en creer en Dios o en la virgen Maria, la fe consiste en creer, yo creo en la institución, yo escribí eso el otro día, la fe consiste en creer que los sueños de uno son posibles, en creer en uno mismo y en la gente que trabaja. Esas son las influencias más fuertes que yo aprendí en mi casa, por encima de todas: la disciplina.

¿Recuerda la primera vez que pensó en usted mismo como periodista?

-Nunca, y esa es una historia muy curiosa. A mí me angustia oír permanentemente, sobre todo en las universidades, la teoría muy extendida, muy admitida y muy equivocada, y por lo tanto peligrosísima, de que: el periodista no se hace, el periodista nace. Yo creo que eso no es verdad, yo creo que el periodista o nace o se hace, cualquiera de las dos cosas es posible y lo digo por mi propio caso. Yo no tenía ninguna intención de ser periodista, yo no tenía ninguna vocación para ser periodista, yo lo que quería ser era escritor, desde muy niño tuve claro que quería ser escritor. ¿Por qué terminé en el periodismo? por la razón más ordinaria, más común y más vulgar de todas, pero es absolutamente cierta; en el momento en el que yo me quedo en el internado de Cartagena solo, aislado de mi familia, porque en San Bernardo del Viento, como el río Sinú se estaba comiendo el pueblo, lo estaba desbarrancando, el gobierno en vez de hacerle unas defensas, lo que hizo fue quitarle el río al pueblo, que es la solución más absurda que yo he oído en mi vida, parece cómico eso, desviaron el curso del río por otro lado y no hubo más comunicación con mi tierra, ahí no habían carreteras ni nada, la única vía con Cartagena era el río cruzando luego al mar. Entonces me quedé aislado, necesitaba ganarme un dinero para medio pagar mis estudios, para pagar mis gastos, y me ofrecieron escribir para un periódico de la ciudad, un profesor que yo tenía me hizo el ofrecimiento, me hubieran podido ofrecer ser ebanista por ejemplo, o colaborar de asistente de un taxista. Yo necesitaba que me ofrecieran algo para ganarme algo, lo que me ofrecieron fue periodismo y me quedé en eso, de manera que en mi caso no hay una vocación que me lleve al periodismo, lo que hubo fue una necesidad que me llevó al periodismo, lo importante es que a mí la vocación me nace después, quiero decir, no se necesita tener como si el espíritu santo cayera apostólicamente sobre uno para darle una vocación, para insuflarle una vocación, a mí la vocación me fue naciendo en el transcurso de los años como periodista, hoy no quisiera ser sino periodista, si volviera a nacer escogería ser periodista, pero no es verdad que se nace con eso, no es cierto.

EJERCER EL OFICIO DEL PERIODISMO

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Finalmente ¿qué decir de los periodistas de hoy? ¿Algo en particular?

-Sobre el periodismo colombiano no me resta más que decir que es cada vez mejor, sin duda,  por una razón: porque cada día lo ejercen personas más jóvenes que vienen de las universidades, preparados, mentalmente formados para ejercer el oficio del periodismo. El periodismo no puede depender, como en mi época, de que un náufrago como yo, que llegó ahí porque no tenía nada más qué hacer y que a uno le de su libre albedrío, su voluntad, que a uno le de la gana de prepararse, no, tiene que llegar preparado de antemano. Siempre me he hecho esta pregunta: vea, si a una persona que no ha estudiado medicina no la dejan rajar a un enfermo ¿por qué van a dejar ejercer el periodismo al que no ha estudiado periodismo? Si a un señor que no estudie ingeniería no lo dejan construir edificios, el periodismo tiene que ser igual, tiene que venir formado y preparado para eso. Pero esa formación y preparación no es lo más importante de los jóvenes ¿Sabe qué es lo mejor que yo he encontrado en los muchachos periodistas, aprendices y novatos? La virtud más gloriosa, y me lo ha enseñado 20 años de experiencia como director: el idealismo. Cuando un muchacho llega a trabajar en el medio de uno, uno le mira la cara y sin que él abra la boca, uno sabe que ese muchacho está pensando que él va a cambiar el mundo con el periodismo, que él va a hacer un mundo mejor a través del periodismo; no lo va a hacer, lo importante no es que él lo haga o no lo haga, lo importante es que él crea que puede hacerlo, porque eso es lo que lo mantiene vitalmente a lo largo de toda su vida. Yo lo que espero es que cuando ese muchacho tenga 83 años y 66 años de ejercicio profesional y le falte una semana para morirse, todavía siga creyendo que la semana entrante va a cambiar el mundo con el periodismo, esa es la ilusión que mantiene a los grandes periodistas, no se puede ser un gran periodista sin esa ilusión, no he conocido ninguno de los buenos periodistas que he visto en mi vida, que no tenga esa esperanza en el subconsciente, escondida, no hablan de eso, muchas veces ni se percatan de que están pensando así, pero en el fondo eso es lo que los mantiene vivos, los periodistas mediocres no tienen esa ilusión, entonces yo, lejos de decirle a los muchachos cuando llegan a pedirme trabajo o a firmar un contrato, lejos de decirle no sea tonto que usted no va a cambiar el mundo con el periodismo, lo que hago es decirle que sí. Claro que es verdad y es posible, pero para eso hay que trabajar 30 años o 40 años, al final él descubrirá que no, pero no va a pensar que yo lo engañé, lo que va a pensar es que yo tenía razón, porque eso fue lo que le permitió trabajar todos los días durante 40 años como un gran periodista. ¿Sabe también qué virtud tienen esos periodistas y que a mí me emociona? que han entendido la importancia de su oficio más de lo que la entendimos los periodistas viejos y empíricos, los teguas del oficio como yo. Los muchachos saben hoy que el periodismo es importantísimo y eso les da una altivez frente a los políticos, los concejales, los senadores, yo le oí un día a un muchacho una de las mejores respuestas de periodista alguno que ha habido en el mundo. Una vez a un joven reportero de Bogotá, en el Congreso, un senador le dijo, casi insultándolo allí en los pasillos del capitolio, le dijo: “es que su noticia de hoy me hace mucho daño, es que usted no quiere entender que yo saqué la mayor votación en mi departamento, que yo fui viceministro de Hacienda, que yo fui Presidente del Congreso”, y el muchacho le dijo: “si pero yo soy más importante que usted”. Es decir, nada de lo que ese señor diga es más importante que el periodista, ojo, no confundir el periodismo con el periodista, estoy hablando del oficio, entender que el oficio que ejerces es así de importante, es una virtud que están trayendo los pelaos al oficio y a mí eso me emociona mucho, ¿sabe? Yo no creo mucho en esas fórmulas mágicas para crear un buen periodista, porque el periodismo no es una receta de cocina. La virtud mayor de un periodista es la sensibilidad, por encima de la inteligencia, por encima del saber, la sensibilidad ni siquiera en el sentido poético sino en el sentido humano, que a usted lo conmueva el dolor ajeno, por ejemplo, nadie puede transmitir la tragedia de Armero viendo cómo ayer había 24 mil personas en esa planicie y hoy no es más que fango y muerte, si no siente lo que está pasando no lo puede transmitir, es imposible, ¿por qué dicen siempre que los periodistas deben ser duros? ¿Deben ser insensibles? ¿Tienen que ser neutros? esa es la estupidez mayor que yo haya oído sobre el periodismo, yo lo que espero es periodistas sensibles que sientan lo que están haciendo, lo que están transmitiendo, lo que están escribiendo, esa es la virtud mayor. Lo que hace distinto en realidad a un periodista del resto de la sociedad, es que el periodista, si me deja usar el ejemplo como el chapulín colorado, es el que tiene unas antenitas de vinilo que le permiten detectar la realidad, esas antenitas deben ser la sensibilidad, obviamente son simbólicas, pero eso es lo que hace distinto a un periodista al resto del mundo, de modo que el que se vuelva desalmado, que el que ya no sienta nada, es mejor que busque otro oficio.

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