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Claudia Palacios o cómo narrar en periodismo el perdón en medio de la guerra

Por @cdperiodismo

Publicado el 21 de noviembre del 2016

Por Cristian Mora 

En San Carlos, un municipio del departamento de Antioquia, el hijo de Pastora Mira ha sido asesinado. Dos semanas después de haberle dado cristiana sepultura, Pastora encuentra en un andén a un muchacho herido. Lo lleva a su casa y lo aloja en la habitación de su hijo fallecido. Pastora aún no lo sabe, pero ha estado curando las heridas al asesino de su hijo. Al conocer la verdad, la mujer, que ahora tiene entre sus manos la decisión de quitarle o no la vida a ese joven, piensa que el espiral de violencia que enfrenta Colombia desde hace medio siglo, solo puede pararse si deja a un lado los sentimientos de venganza y odio, y decide ofrecer un perdón genuino. Terminó curándole las heridas, le ofreció un teléfono celular para que llamara a su madre, y lo despidió con una frase lapidaria: “Te doy lo que no le diste a mi hijo. Una segunda oportunidad”.

La historia de Pastora Mira es uno de los 126 testimonios que recolectó la periodista Claudia Palacios a lo largo y ancho de Colombia, como parte de la investigación que terminó en la publicación de su libro: “Perdonar lo imperdonable”. Este libro recopila las historias que dan voz a víctimas y victimarios, que han sido capaces de llegar a un estado de resiliencia y perdón en medio del conflicto armado que quiere terminar en Colombia.

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Para sorpresa de muchos, el país está lleno de este tipo de historias de paz y reconciliación, historias que los periodistas han pasado por alto o que las han relegado a la más superficial y breve sección de un noticiero, un error en el que con el paso del tiempo han caído los medios de comunicación.
“Esas historias, para esperanza de todos nosotros, abundan en Colombia. Creo que hay contarlas, porque estamos mostrando una realidad polarizada y segmentada del país. Todos los colombianos tenemos en nuestro cerebro imágenes de una madre llorando encima de un ataúd, de un soldado amputado, de un niño con un muñeco roto llorando en medio de un pueblo destrozado, de un oleoducto dinamitado. Los periodistas hemos fallado en no poner en primer plano los antecedentes que de alguna manera explican por qué se ha llegado a estas escenas tan desgarradoras y que afectan tan poco la cotidianidad de la mayoría de personas que se mantienen distantes al conflicto”, explica la periodista.
Previo a la escritura del libro, para Palacios no existía realmente un criterio formal que le permitiera establecer quiénes tenían realmente la razón en este conflicto que ha marcado generaciones, una duda que aclaró al finalizar su obra, “la sociedad cree que nuestro conflicto es de gente muy mala que hace cosas muy malas, contra gente muy buena que hace cosas muy buenas. Yo no lo veo así, creo que es un conflicto lleno de matices, pero que todos tenemos un nivel de responsabilidad como periodistas”, algo a lo que deben enfrentarse los 39 millones de personas que no han sido tocados por el conflicto directamente.
Para Claudia, existen dos grupos de colombianos promedio que consumen y viven de lo que hacen los medios de comunicación: el de los indiferentes y el de los impotentes. Los indiferentes son aquellos que viven inmersos en su propia Colombia, en una burbuja de privilegios o carencias que les impide darse cuenta de la realidad que viven otros y consideran que sus acciones cotidianas los convierten en colombianos ejemplares, por otro lado, los impotentes, que a pesar de una conciencia social y de una preocupación real por el país, como individuos, sienten que no tienen el poder suficiente para transformar este problema.

Fue entonces cuando se dio a la tarea de recorrer Colombia, un territorio en el que existen cerca de ocho millones de víctimas reconocidas en los diferentes informes del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, de las cuales hasta el momento han sido reparadas cerca de seiscientas mil personas. La periodista comenzó entonces a cubrir un espectro que le permitió encontrar esos escenarios que marcan una diferencia y que demuestran los avances en materia de paz, justicia, perdón y reconciliación. Sus hallazgos: un enorme capital de personas, ONG, fundaciones y entes gubernamentales que le apuestan a la reparación de víctimas. Héroes y heroínas hasta el momento anónimos, que trabajan por alcanzar la paz a través de pequeños pero valiosos actos.
Palacios tenía claro que su libro debía ser novedoso e incluir un extenso trabajo de campo, principios que la llevaron a asumir la financiación del libro, a estudiar toda la literatura relacionada al conflicto en Colombia y a recorrer el país en maratónicas jornadas. Claudia, fiel a sus principios periodísticos y de reportera nata, viajó cada fin de semana durante un año y medio para reunirse con sus entrevistados.
“Todas las entrevistas fueron hechas a mano. Llené muchos cuadernos, únicamente grabé algunos testimonios que usé para reportajes en CNN y CM&, pero nada más, todo fue a mano. Cuando ya tenía todos los cuadernos llenos, el compromiso que adquirí con cada uno de los protagonistas de las historias, fue que yo escribía el relato y cuando lo tuviera terminado en su totalidad, se lo mandaba para que revisaran si había recogido bien su pensamiento y si querían agregar o precisar algo”.
A pesar de eso, admite que no es fácil el sentarse a entrevistar a un victimario, y que significó todo un reto asumir el dilema ético de cómo debía tratar a una persona que pudo haber cometido una cuantiosa cantidad de crímenes. Ante ese panorama, decidió quitarles todas las etiquetas que podrían estigmatizarles y simplemente tratarles como seres humanos, algo que tuvo que interiorizar y repetirse a sí misma varias veces.
Según datos proporcionados por Palacios y sustentados por la Agencia Colombiana para la Reintegración, de 50.000 paramilitares y guerrilleros que han pasado por esta organización en los últimos diez años, el 75% logró rehacer su vida, mientras que el 25% restante, se salió del programa o volvió a delinquir. Estas estadísticas de resocialización, contrastan con las entregadas por INPEC (Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario), que advierten sobre la posibilidad de que un poco más del 50% de reclusos que pagaron su condena privados de su libertad, vuelvan a delinquir después de un tiempo. Para la periodista, “los procesos de reintegración, cuya duración estimada es de siete años, realmente funcionan, si integran, forman y educan para la vida a los victimarios”.
Es en este punto en el que se llega a un lugar en común entre victimarios y víctimas, al convertir al arte, el deporte, la cultura, la fe y el amor, en esas herramientas mediante las cuales son capaces de catalizar sus tragedias y vivencias, “este país lo que necesita son muchas pacecitas sumadas, es mucho más fácil de lo que nos imaginamos, creando las condiciones para que las víctimas dejen de ser víctimas”.
La actual directora del canal local de televisión en Bogotá, Canal Capital, destaca la importancia que tiene para las víctimas conocer la verdad y más aún, la trascendencia del perdón en medio del conflicto: “El perdón no es una condición para la reconciliación necesariamente, aunque las víctimas también tienen derecho a no perdonar, lo importante es que ese no perdón, no se convierta en venganza. El perdón es un regalo que la víctima se hace a sí misma, más que al victimario”, concluye.

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