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En primera persona: Relato de una agresión por reportear en Venezuela

Por @cdperiodismo

Publicado el 28 de mayo del 2017

Por Ezequiel Abdala | @eaa17

#20M – 5:20 PM: Oficiales de la PNB, en moto, dispersan a manifestantes de la Francisco de Miranda’. Ese era el tuit que debía aparecer en el timeline de @RevistaOjo a esa hora. Nunca salió porque entre la redacción y la publicación, un oficial de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) forcejeó conmigo para robarme el teléfono y al no conseguir quitármelo me golpeó dos veces en la cara, dañando así la máscara anti-gas que llevaba puesta y dejándome para el recuerdo un muy garciamarquiano ojo morado y un celular con la pantalla destrozada. Todo ello, a pesar de (o quizás gracias a) que iba debidamente identificado como periodista: tanto en el carnet, como en el casco, como en el chaleco antibalas, en letras notablemente grandes y con mayúscula sostenida, estaba, inconfundible, la palabra PRENSA. Nada de ello bastó. Tampoco, que a viva voz le gritara varias veces que era periodista. No hubo caso.

Era el día número 50 de protesta, contado a partir del momento en el que el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) disolvió a la Asamblea Nacional (AN). Desde ese 30 de marzo, mi vida, como la de tantos otros venezolanos, cambió. La decisión en ‘Revista OJO’ fue comprometernos (más): parar el contenido cultural y comenzar a contar lo que pasaba en la calle; narrar, en la medida de nuestras posibilidades, la protesta. Fue así como me tocó dejar de lado los análisis de canciones, las reseñas literarias y las entrevistas a artistas, para pasar a la crónica de protesta. La vida plácida de periodista cultural que semanalmente leía una novela, hacía entrevistas en cafés y asistía a inauguraciones, lanzamientos y ensayos, quedó en el pasado. Fue sustituida por la del reportero cuya única certeza es la hora en la que sale a la calle, no recuerda ya lo que es almorzar comida casera, se alimenta de todo lo que un kiosco puede proveer, conoce todos los sitios en los que hay baño público, vive en una insolación constante, y nunca sabe cuándo termina su jornada.

Las primeras protestas las cubrí apenas con la credencial de prensa, un paño con bicarbonato, el teléfono y una libreta. Para hacer crónica no hacía falta más. La represión, que ya la había, era lenta y moderada. Tenía sus propios códigos, se manejaba a su ritmo, y siempre existía un lugar donde estar seguro. Esa frontera, que separaba la seguridad del riesgo, estaba delimitada. Sin embargo, en algún momento se perdió y no ha vuelto a aparecer. ¿Cuándo? Es difícil precisar la fecha, pero no el instante: al comenzar las emboscadas. A partir de allí se acabaron las garantías e ir a una protesta significó estar expuesto, se estuviese donde se estuviese, a que en el momento y en el lugar menos esperado comenzaran a caer bombas, disparar perdigones y aparecer motorizados. Hasta ese momento funcionó el bicarbonato.

El dichoso pañito fue sustituido por un chaleco antibalas, una máscara anti-gas y un casco, cada uno más pesado e incómodo que el otro. Vestir el nuevo uniforme de trabajo se convirtió en un proceso por pasos y salir con él de la casa una odisea. He tenido que aprender a administrar y a usar cada uno de los bolsillos que tengo, a vivir con un casco colgando al lado, a moverme con un abultado bolso en la espalda, a chequear que siempre esté cerrado, a pararme, sentarme, cruzar las defensas de la autopista y montarme en cuanto muro haya con todo ese peso encima, a ponerme la máscara, la gorra y el casco en menos de un minuto, a entrevistar y hacerme entender con la máscara puesta, a pensar preguntas con sentido mientras veo para el cielo que no vaya a caer una bomba cerca, a tomar fotos con una mano, a twittear en segundos, y a caminar de espaldas y viendo al frente. Habilidades que da la calle.

En ella, durante la represión, he oído el zumbido violento de las bombas muy cerca, las he visto cruzar a escasos centímetros de mi persona, me han caído en los pies repetidas veces (una de ellas ya me rompió una máscara) y he sido testigo de cómo han herido a más de uno. Ya conozco sus nombres, presentaciones (monofásica, bifásica, trifásica) y efectos, conozco hasta la nausea su olor y las he visto incluso rojas. He estado en situaciones apremiantes, en las que bombas, perdigones, piedras y chorros de agua se juntan en el mismo momento. Son las implicaciones lógicas de un trabajo que exige estar presente en el lugar de los hechos. Gajes del oficio, que llaman. Sin embargo, las agresiones directas y premeditadas por parte de funcionarios no lo son.

Una bomba en el aire no reconoce credencial, una piedra y un perdigón puede que tampoco, pero un funcionario que dispara de frente sí. Y uno que roba y golpea también. Durante estos casi dos meses de protesta han sido varios los casos de periodistas agredidos aposta cubriendo manifestaciones. Uno de los más evidentes (desgraciadamente no el único) fue el de Reinaldo Riobueno, fotógrafo de Unión Radio, quien escuchó claramente cómo desde la tanqueta el jefe de la Guardia Nacional giró la instrucción de que le dispararan (“…al de suéter blanco”) directamente la bomba que apenas segundos después le fracturó tibia y peroné el pasado 03 de mayo. O también, el caso que motiva estas líneas.

Sucedió el pasado 20 de mayo, en el momento final de la represión, ése en el que la Policía Nacional (o la Guardia, según el caso), luego de infinidad de bombas disparadas, sale con las motos a barrer lo que queda. Después de un durísimo enfrentamiento de aproximadamente dos horas en la Avenida Francisco de Miranda, con algunas escaramuzas en El Rosal, la PNB había retrocedido hasta Chacaito, donde se encaraba con algunos manifestantes. Entonces, a eso de las 5:20 PM, decidieron aplicar la operación arrase. Mientras redactaba el tuit en el que informaba de ella, me dirigía a un edificio que tenía la reja abierta y en el que varios manifestantes se estaban refugiando. Lo estrecho de la reja hizo que se formara un embudo para entrar. Es en medio de ese apretujamiento que alguien me empieza a tratar de quitar el teléfono de la mano. Quien lo hace jala con fuerza. Me lo quiere robar. Al voltear, me encuentro con que es un oficial de la PNB. La primera impresión es tremenda. “¿Estás loco, pana? ¿No ves que soy prensa?”, le digo, por si no había visto las letras en el casco y en el chaleco. Pero el oficial sigue intentanto quitarme el teléfono. Es alucinante. El hombre persiste. Con fuerza. Sin empacho. Los otros PNB intentan sacar a los manifestantes del edificio para llevárselos presos. Hay detonaciones y gritos. Es una confusión enorme. Yo no suelto el teléfono y de un jalón logro quedármelo. Dos golpes en la cabeza son su respuesta. El primero parte los filtros de la máscara y la mueve, el otro llega al ojo. En ese momento logro entrar al edificio y sigo de largo escaleras arriba. En el último piso, saco el teléfono: pantalla destrozada y tuit sin publicar. La cobertura había terminado…pero sólo de momento.

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