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Roberto Herrscher: “No sé si son más los buenos o los malos periodistas. Lo que sí sé es que son cada vez más necesarios”

Por @cdperiodismo

Publicado el 08 de Febrero del 2018

Por Óscar Durán

Una de las historias que más me gusta de Roberto Herrscher, se la leí en su libro ‘Periodismo narrativo’. Cuenta que en el año 2006 fue a la entrega de los premios Cabot de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia. Allí escuchó un montón de discursos y de anécdotas. Hubo una que le llamó más la atención. Se trataba de la periodista Ginger Thompson, del New York Times, que contó al auditorio esta historia que el mismo Roberto narra en su libro: “…en el inicio de su carrera como reportera internacional, en los noventa, le tocó cubrir una ola de violencia en Haití. En sus palabras se comenzó a colar el sol abrasador y la miseria extenuante del país más pobre de América. Asesinaban a políticos, se sucedían las manifestaciones, la comunidad internacional peroraba impotente, y la joven reportera intentaba seguir a la tropa de periodistas que iban de acto a ceremonia, y del sitio del último atentado al funeral de la víctima. Cuando mataron a un ministro, la periodista ya tenía tarea para la mañana siguiente. Llamó a su chofer habitual y le pidió que la pasara a recoger al hotel para llegar temprano al entierro del funcionario. “No puedo”, le dijo el chofer. “Búsquese a otro. Yo tengo algo más importante que hacer””.

Para no hacer tan larga esta presentación, les resumo que, en el atentado del ministro, una de las víctimas colaterales fue su chofer, amigo de toda la vida del conductor de la periodista. Allí la reportera Thompson decide cambiar el ángulo de su historia, quiso ir al entierro del amigo de su chofer, creyó que era más significativo contar el hecho no desde el centro de la información, sino desde la periferia. Esa historia le mostró a Roberto el valor de las cosas que lo tocan, que lo hacen recordar, que lo sorprende.

Siempre ha dicho que necesita de las teorías para entender y pensar, pero que son las historias las que más le llaman la atención, las que verdaderamente lo enamoran. Solo me basta contarles que es periodista, reportero especializado en cultura, sociedad y medio ambiente, y profesor de periodismo. Esta es una pequeña muestra de lo que piensa y de lo que es:

En su trabajo, ¿ante qué o ante quién se siente responsable?

-Ante la sociedad en su conjunto, ante mis lectores en particular y ante los valores básicos, los derechos humanos. En cada uno de mis textos periodísticos, ante las fuentes que me dieron su confianza y esperan mi lealtad. Podría quedarme aquí, no decir más. Pero tengo la impresión de que me escabulliría de una consideración necesaria sobre la relación de un periodista con el medio en o para el que trabaja. Aunque me meta en líos, es ingenuo pensar que el ser libres y honestos es no pensar para nada en que hay una responsabilidad y una lealtad si trabajamos en o escribimos para un medio que tiene un nombre, una reputación y unos compromisos. Uno no debe ser, obviamente, un peón o sirviente de la opción política, las ideas económicas y los compromisos empresariales de sus jefes y los dueños del medio, pero también hay una relación básica de lealtad, en el sentido de saber que uno es parte de una voz colectiva, que trabaja en una empresa y con un equipo. Todo lo que publicamos debe ser cierto, honesto y conseguido leal y legalmente. Pero debemos pensar también en que, si sale bajo el nombre de un medio, es ese medio en su conjunto el que está firmando lo que escribimos. Libertad, sí. Pero también lealtad y fidelidad ante un medio que se la merece. Y si no la merece, renunciar o dejar de colaborar.

EL LECTOR

 

¿Existen unas cualidades específicas que hayan contribuido a los logros que usted ha alcanzado?

-Creo que, como otros colegas de mi generación, he alcanzado algo de credibilidad de parte del público y los colegas, y de certeza de que estoy haciendo un trabajo digno. La credibilidad se logra trabajando con honestidad, no mintiendo ni engañando nunca, estudiando y pensando cada tema para hacerlo de la mejor manera posible. Y la pericia profesional, trabajando muy duro y tomando los trabajos que están a mi alcance. Tomar al lector como ser inteligente, educado, crítico. El respeto es lo esencial, solo se puede pedir respeto al público si uno lo tiene por ellos, y creo que con errores y todo, siempre lo he tenido. Hay que escribir de lo que uno sabe y saber de lo que uno escribe. 

¿Cuáles de sus creencias personales contribuyen a sus logros?

-No sé si vincular creencias con logros, no estoy seguro. Porque mis creencias no las sostengo para que me ayuden a triunfar y lograr cosas, sino porque no podría mirarme al espejo de otra manera y no sabría cómo hacerlo. Esos principios son pocos, pero inamovibles, y tienen que ver con el respeto a los otros y a los derechos humanos (me repugna el concepto de políticamente correcto: no insulto porque tengo respeto, no porque me limito o tengo miedo de las consecuencias). Creo también en la independencia y la necesidad de verificar y profundizar en aquello de lo que escribo, el escribir sin errores y con buen estilo, el tratar a todos los que aparecen en mis textos como me gustaría que me trataran a mí. Probablemente hayan contribuido a esa credibilidad que creo haber conseguido, que es distinto de la fama o la notoriedad. Pero nunca pensé en seguir principios y valores para conseguir nada.

¿De qué trabajo usted se siente más orgulloso? 

-Probablemente de mis primeros libros: primero, ‘Los viajes del Penélope’, que es una mezcla de relato en primera persona, memorias de la guerra de Malvinas e investigación periodística, y que trata a los militares argentinos con los que fui a la guerra, a los habitantes de las Islas Malvinas cuyo anhelo para su tierra es el opuesto al del primer grupo, y a un sorprendente grupo (que no esperaba encontrar) admirador de un nacionalista alemán que construyó el barco en el que viví gran parte de la guerra. Me acerqué con curiosidad y mucho respeto a los tres grupos. Hacerlos dialogar en mi libro es algo de lo que me siento muy orgulloso. También de la estructura en espiral, que me costó mucho conseguir. Y, en segundo lugar, ‘Periodismo narrativo’, un relato, estudio, ensayo y manual de “cómo contar la realidad con las armas de la literatura” que condensa 20 años de leer, escribir y enseñar periodismo.

¿Qué importancia tiene para usted la creatividad para su trabajo?

-Mucha. Ya la tenía en la era predigital, pero ahora, cuando tantos que no son ni aspiran a ser periodistas profesionales escriben, publican, editan y graban relatos sobre lo que pasa, lo menos que tenemos que tener si aspiramos a que se nos reconozca como profesionales de esto es que nuestros productos tengan creatividad, además de perfección formal. ¡Ni hablar si encima aspiramos a cobrar por lo que otros hacen gratis! Para esto tenemos que pensarnos como intelectuales y creadores, y estar atentos a las ciencias y las artes de nuestro tiempo. 

EL TRABAJO PERIODÍSTICO SIN REFLEXIÓN NO TIENE NINGÚN VALOR

¿Qué papel desempeña la reflexión en su proceso creativo?

-Si escribimos sin pensar es que nos limitamos a copiar lo que pensaron otros. Muchas veces, otros con intereses claros u ocultos. La primera reflexión, en una era en que todo lo que se sabe y lo que pueden grabar los celulares se debe difundir, es pensar si debemos hacer público lo que es privado, si debemos difundir algo que nos llegó de fuente dudosa o cuya veracidad no sabemos, si debemos contribuir a los prejuicios y odios reinantes. La primera reflexión en cada caso es si no es mejor callar. Y a partir de allí, si decidimos que lo mejor es hablar, cómo, cuándo, dónde, para qué. El trabajo periodístico sin reflexión no tiene ningún valor. 

¿Es necesario asumir riesgos en su trabajo?

-Siempre. El riesgo de firmar, el primero. Vivimos rodeados de miserables anónimos, que tiran la piedra y esconden la mano. El riesgo de contar distinto, de ser creativos, de preguntar sin miedo o con miedo. Pero hay que pensar mucho si vale la pena, como los admirables y valientes cronistas mexicanos, arriesgar la vida y la de los seres queridos. No me atrevo a recomendarle a nadie que arriesgue su vida para contar una noticia.

¿Cómo empleaba el tiempo cuando era niño o adolescente?, ¿qué hubiera visto una persona que le hubiese observado durante todo un día?

-Leía mucho, escuchaba discos, jugaba con mis amigos, veía televisión (¡en blanco y negro!), pensaba en el futuro y en lo que me esperaba de la vida. Un observador habría visto a un niño tímido, ávido de conocimiento y experiencias, hablador, serio, que tal vez buscaba con ganas pasar desapercibido. Y en los estudios, muy competitivo. 

¿Qué le atrajo de su trabajo?

-Mi primera carrera es la sociología. Yo quería entender (¡y enmendar!) el mundo, conocer países y el interior de mi Argentina, pasarme viajando, hablando con gentes diversas, leyendo y escribiendo. Pero el periodismo se cruzó en mi vida: empecé a trabajar en un diario y desde entonces supe que ese era el terreno en el que quería aplicar lo que estaba estudiando en la carrera de Sociología. Escribir como los periodistas (todavía había leído a muy pocos cronistas) más que como los científicos sociales. Me gustaba no saber al comienzo de cada día cómo terminaría, me gustaba publicar y ver mi nombre en las páginas de un diario, me gustaba la tribu loca e ilusa de los buenos reporteros. Ellos son mi patria.

¿Su área de trabajo enseña bien a la gente joven a poseer las cualidades que usted considera importantes?, ¿les enseñaría de otro modo?

-En esto debo decir que estoy en un lugar especial: yo me dedico a la enseñanza del periodismo mucho más que a la escritura de artículos periodísticos. Por eso tal vez mi labor principal es trasmitir lo que sé y lo que considero importante. Y lo hago hablando de algunas de las cosas que están en las respuestas anteriores ante alumnos que comienzan la carrera y también periodistas en ejercicio y estudiantes más maduros de posgrado. Les encargo muchas lecturas, que creo que ayudan en la formación, y a que salgan a la calle y se gasten las suelas de los zapatos mirando, escuchando, oliendo y palpando lo que pasa en el mundo. Creo en el aprender haciendo y en la reflexión sobre lo que cada uno hace, sobre lo que se hace en el periodismo actual y también en la lectura y discusión de los clásicos. 

¿En qué medida su familia está relacionada con su trabajo?

-El otro día mi hijo, a quien no veía desde hacía casi un año, estaba de visita en mi casa de Santiago de Chile y tuve que pasarme un día y una noche siguiendo la visita del Papa Francisco a Chile. Lamenté no poder estar con él, pero como yo ya era periodista desde que él tiene uso de razón, me entiende, creo que me admira, me sigue y me lee. Le gustó verme haciendo lo que me gusta y me llena. Lo mismo pasa con mi padre anciano, que tiene mis libros sobre su mesa de luz y los vuelve a leer una y otra vez. Comparto lo que hago con mi familia, si bien ninguno de ellos es periodista. Me gusta tener conocimientos generales y de coyuntura que adquiero en mi oficio para usarlos en las conversaciones familiares; no soy una persona en el trabajo y otra con mis allegados. No sé si esa era la pregunta. Me importa y me encanta que estén orgullosos de mí.

Algunas personas dicen que los principios de su área de trabajo son más éticos que antes y otras dicen que son menos éticos. ¿Cuál ha sido su experiencia?

-Como los políticos, los profesores, los choferes de taxi, los cocineros y los camareros, siempre hubo periodistas íntegros y pillos indignos. El oficio en el que yo me siento representado, el de los periodistas con ética y escrúpulos, existía antes y existe hoy. Para este oficio “no sirven los cínicos”, como decía Ryszard Kapuscinski. Tal vez lo que hace la era digital y de las redes sociales es magnificar todo. Se sabe mucho mejor quién miente, quién habla sin saber, pero también hay espacios para los cínicos y los miserables. Es hoy parte del trabajo de los lectores, de un público discriminador, el saber distinguir a quién leer, a quién seguir.

Pero sería iluso pensar en que desaparecerán los que no tienen un mínimo de calidad, criterio o escrúpulos. Yo crecí en un mundo periodístico en el que los profesionales traíamos agua para regar a lectores sedientos en un desierto de información. Hoy estamos en una inundación, en un diluvio de mentiras (llamadas “posverdad”), mala información mal investigada y peor escrita, publicidad y relaciones públicas disfrazadas de periodismo, egos sin respeto por los demás. En esa inundación, hace falta mucho más que antes el agua potable.

No sé si los buenos periodistas son más o menos como porcentaje del total. Pero sí estoy convencido de que son cada vez más necesarios. 

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