Entrevistas

“El periodismo digital de calidad es caro”

Por Esther Vargas

Publicado el 15 de enero del 2012

Enrique Naveda, editor general de Plaza Pública de Guatemala, nos ofreció algunas ideas para crear un nuevo medio y hacer un periodismo que no merodea en lo superficial. Le preguntamos también si este era el tiempo de los medios no tradicionales.

El periodista cree que “solo en parte o solo en cierto sentido” podría afirmarse algo así.

-Está claro que los medios impresos se han debilitado mucho en los últimos tiempos –y algunos piensan que de muchas maneras-. Y eso ha coincidido, no de casualidad, con el auge de lo que hemos dado en llamar medios no tradicionales, en algunos casos de forma más acertada que en otros. En general, parece que la credibilidad de los medios tradicionales –desde los grandes consorcios hasta los medios impresos regionales– está a ojos de ciertos segmentos de la población más en tela de juicio que nunca. Creo que eso se debe a que al lado del individuo desencantado y desinteresado de las cuitas políticas y económicas (Tahrir, el 15M y el movimiento Occupy han sugerido que eran menos de los que se creían), existe un lector mejor informado de las relaciones entre los medios y las élites. Y también más crítico del papel que estos medios de información han desempeñado en la sociedad. Parece una tendencia clara incluso en las sociedades que creíamos más adocenadas: en el último año hemos comprobado que la educación hace estragos. Voy a decir una obviedad que a veces olvidamos: la capacidad crítica se encuentra en mayor medida en sociedades mejor educadas, sea de manera explícita o en su forma latente.

EXPLICACIONES A UNA CRISIS

Hay quien dice que este fenómeno se monta, además, sobre una teórica decadencia actual del periodismo de los medios tradicionales. Teórica por dos razones: por supuesta, y porque el juicio sobre su declive suele basarse en comparar lo que la deontología profesional dicta que deben ser los medios con lo que realmente son. Pero me temo que esta interpretación desazonada tiene mucho de romántico y algo de legendario. No porque no haya justificación para el desasosiego ahora (la hay, y nuestra inquietud debe ser grande), sino porque aparentemente la calidad de las noticias no es peor que en otros momentos. Si escrutamos minuciosamente el periodismo de cualquier época vamos a encontrar que en promedio era mediocre –que siempre fue mediocre, si no es que deleznable–. Pero eso no debe extrañarnos. Lo mismo sucede con la pintura, con la literatura o con el fútbol: lo que pervive o lo que se recuerda es una antología de lo que hubo aunque lo que predominara en su tiempo fuera la escoria. Así como Picasso o Mantegna convivieron con pintores execrables que eran mayoría, así lo hicieron Mailer o Talese o Monsiváis o Azorín y Larra. Las informaciones sensacionalistas, las aburridas noticias de declaraciones y las troqueladas notas de agencia que hoy nos esperan en buena parte de las portadas de muchos periódicos –y en la mayoría de sus páginas interiores–, se adueñaron de ellas muy temprano, si no es que siempre estuvieron ahí, y en algunas épocas de manera más omnipresente. La crónica explicativa y perspicaz y el buen reportaje, sosegado, desprejuiciado y de fondo, son especies que la mayor parte del tiempo han estado proscritas o han vivido desterradas en ciertas publicaciones especializadas: basta ver a qué le han llamado reportaje y crónica algunos grandes periódicos.

Por lo tanto, que todo esto último sea parte de la crisis que está humillando a los medios de información en la actualidad, me parece dudoso, aunque me resulta evidente que parte de su pérdida de credibilidad tiene que ver con la sensación de muchos de nosotros de que, como ciudadanos o lectores, los periódicos nos han de ser útiles: no sólo han dejado de defender nuestros intereses sino que cada vez nos resulta más obvio que no nos informan bien, que no nos facilitan comprender lo que sucede en nuestro entorno, o peor aún, que defienden los de otros o los suyos propios.
Si fuéramos un poco cínicos podríamos decirlo así: los medios tradicionales se han esforzado por caer en la crisis en la que ahora están. Hay excepciones, claro. En todos los medios existe siempre una porción de periodismo exquisito, de gran interés. Pero la regla es que uno puede pasar páginas y páginas sin encontrar nada esencialmente distinto, ni nuevo -ni una clave ni una sorpresa- con respecto del día o de la semana o del mes anterior. Sólo escenificaciones cambiantes.

EL PERIODISMO BIEN HECHO ES MUY CARO

Sin embargo, creo que con ser fundamental, lo dicho hasta ahora no explica la crisis de los medios tradicionales ni el auge de los no tradicionales. En realidad, los elementos que han detonado, catalizado y profundizado todo esto no tuvieron demasiado que ver con los medios ni la crisis es una crisis de contenidos. La crisis es fundamentalmente una crisis económica (el periodismo es caro, el periodismo bien hecho es muy caro, el periodismo impreso es incosteable: cómo sostenerlo), lo que la profundizó fue la crisis económica mundial de 2008, y el detonante y catalizador fue un acontecimiento de orden tecnológico, paulatino y previo, que se combinó con ciertas transformaciones sociales.

Fue la difusión de Internet, con sus distintas fases: la 1.0, la 2.0 y ahora parece que la 3.0; con su dinamitar o aplanar las jerarquías entre lectores sedientos de horizontalidad. Fue Internet con su tamaño, con su febril y constrante flujo de información y sus molduras multimedia. Internet con su maleabilidad, con su interactividad, con su velocidad, internet con su perfecta segmentación de mercados (y con el abaratamiento de la publicidad, y con la fuga de la pauta de los medios tradicionales). Y también Internet con su acceso gratuito, legal o pirata, a casi toda la información que pueda concebirse.

Fue Internet, que propició un hondísimo cambio en los contenidos de los medios, que en pocos años se volvieron hermosamente multimedia, pero al mismo tiempo se llevó con su atractivo una buena parte de los ingresos que antes sostenían a los periódicos impresos e hizo saltar en añicos su antiguo “modelo de negocios” o, dicho de una manera más noble, la vieja forma de sobrevivir para contarla.

No obstante, ha sido en Internet, al mismo tiempo, en donde han surgido (al margen de foros, webs de entretenimiento e ingentes bases de datos) algunos de los medios de información y de comunicación más atractivos de los últimos tiempos porque han sabido retomar el legado teórico del buen periodismo: el narrativo, el analítico, el independiente. Sin duda se trata de una aparición que resulta alentadora. Si, por mencionar sólo unos pocos, uno piensa en medios como El Faro, ProPublica, Frontera D, CIPER, Periodismo Humano o La Silla Vacía y se abstrae de otros muchos de paupérrima calidad, sólo cabe felicitarse por vivir en esta época. Pero supongo que lo mismo puede decirse si uno le echa un vistazo a las grandes publicaciones periodísticas impresas, cada quien que piense en la que quiera: hay unas pocas excelentes, y una mayoría que da pena.

El periodismo no es más que un conjunto de ideas: un método y una intención. Si el periodismo es bueno, poco importa el canal que lo divulgue. Salvo por un aspecto: las plataformas tradicionales (la radio, la televisión, el papel) no sólo son más burocráticas, también son más caras. Y mientras en muchos países la burocracia exige de maneras impensadas y tangenciales sostener tratos de favor con la clase política, el costo, rara vez cubierto con la venta de ejemplares o de noticias, demanda hacer lo propio con la élite económica.

Sin embargo, aún siendo más barato, el periodismo digital de calidad es caro y su modelo sigue encadenado a la misma piedra que hunde en la corriente a los medios tradicionales. Si no descubre pronto cómo desengancharse no tardará en ahogarse con aquellos. Si no descubre pronto cómo mantenerse a flote, cómo financiar sus proyectos, cómo lograr que alguien pague sin contrapartidas innombrables lo que cuesta que un conjunto de hombres y mujeres preparados, perspicaces e ingeniosos, dediquen su tiempo a presenciar los hechos, ordenarlos y darles sentido para que los demás se sientan informados y tomen sus propias decisiones, entonces ya no podremos decir que este es el tiempo de los medios no tradicionales. O en todo caso diremos, en el futuro, que este tiempo duró muy poco.

Publicado por:

Periodista. Directora de Clases de Periodismo y La Ruta del Café Peruano. Consultora en Social Media. Editora web del diario Perú21 del grupo El Comercio de Perú. Especialista en periodismo digital, comunicación digital y social media.

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