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Periodismo digital: el sabor de la prisa

Por @cdperiodismo

Publicado el 15 de diciembre del 2010

Por Javier García Wong Kit

Desde su creación el periodismo escrito ha convivido con los apuros de los editores
quienes -más preocupados por salvar su cabeza de la guillotina del director que por
confirmar la calidad de la información que iban a publicar- se asemejan a esos sous
chef que entregan los platos a los meseros cuando los ayudantes no terminan de
decorarlos.

Escribir es un oficio lento, más parecido al arte de coser a mano, o al de sembrar
hortalizas; por la delicada selección de letras que se colocarán, una a una, hasta
completar las palabras del discurso con el que engolosinaremos a unos lectores
hambrientos de novedad pero que, al fin y al cabo, saben distinguir la harina de
cada costal.

Los periodistas bien lo saben, incluso cuando deben correr contra el tiempo; pero
eso no los amilana. Hay un ritmo natural de escritura que fluye cuando uno sabe
que la guillotina se ha movido de posición y ahora está encima de uno. La pregunta
es: ¿Qué pasa ahora que el periodismo escrito es digital y se escribe con botones
que nos deben dirigir a más textos originales o en frases de 140 caracteres?

Pasa que el periodismo se vuelve esclavo de su prisa, de ese karma encerrado en
signos de exclamación llamado primicia, que vuelve a los escritores en exacerbados
economistas de la palabra. Si los chef ven en los platillos diminutos la sofisticación
de sus originales recetas; los reporteros-redactores digitales ven en sus notas
enanas apenas un bocado de su suculenta información.

En tiempos sin tiempo, donde la gente lee más -pero con menos criterio- y escribe
(léase comenta, postea, etc.) lo primero que le viene a la mente, el periodista digital
está obligado a ser un chef de fast food que sofríe en la carretilla ambulante que es
su portátil, a vista y paciencia de un público que incluso se entromete para decirle
con qué rumores debe condimentar su texto.

Los defensores de las nuevas tecnologías dicen que nunca como ahora hubo tanta
facilidad para encontrar información, pero no dicen que esa misma información es
el agua de la que todos beben (una fuente tan turbia como el río impasible en el que
medio mundo virtual se ha bañado); por lo que Internet parece un coro de links
que repiten, al pie de la letra, el mismo verso gastado.

Más aún, la originalidad en el ciberespacio se castiga con el inevitable plagio, y la
consecuente falta del crédito del autor, sin mencionar aquellos casos todavía más
despreciables de quienes citan mal. Porque en Internet todo se permite y olvida. Y
el periodista, ese sujeto cuyo oficio convive con la historia moderna, se enreda en

esa maraña de bloggeros, articulistas e improvisados sin marcar distinción.

Habría que decirles a los periodistas digitales que el sabor de la prisa es efímero,
y que así como al segundo siguiente de publicada su nota aparecerá un nuevo post
con “un dato más” –y un segundo después de ese aparecerá otro para rectificar al
anterior- el lector sabrá esperar a quien guarde para el final el plato estrella del
apurado menú informativo que devoramos todos los días frente a la pantalla del
ordenador.

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