Claves

Cibercrimen, vigilancia y censura en los medios digitales

Por @cdperiodismo

Publicado el 19 de marzo del 2019

Por Nelson Nieto Borda (*)

Apenas el pasado 12 de marzo, la World Wide Web cumplía 30 años de existencia, y más allá de toda celebración y elogio, su creador, Tim Berners-Lee, reivindicaba una vez más la necesidad de convocar a la sociedad y a sus gobiernos a realizar un contrato para la web, un acuerdo para hacer equilibrar un buen uso de la red documental y salvaguardar los valores democráticos y las libertades, con objeto, también, de contrarrestar todas las formas de odio y cibercrimen.

Tres días después, el homicida de la masacre en las mezquitas musulmanas en Nueva Zelanda transmitió en vivo, durante 17 minutos, la barbarie que cobró la vida de casi cincuenta personas. Las reacciones negativas en contra del servicio de Facebook Live no se hicieron esperar, al punto de exigir la cabeza de algunos de los ejecutivos del medio social por permitir semejante “descuido”.

Lo que permite la tecnología digital no tiene límites, y las responsabilidades que surgen en este escenario no solo reposan en las corporaciones como medio de regulación. Es algo que, en la práctica, los usuarios de internet no logran dimensionar del todo. Es necesario comprender que el ciberespacio no es otra cosa que el reflejo de lo que somos como cultura, y hasta de lo que deseamos ser, y eso incluye tanto lo bueno como lo más perverso. Las redes de personas que operan en la realidad de la virtualidad sufren de los mismos males que en nuestra realidad natural, solo que con mayor potencialidad, alcance e implicación.

A gritos se le ha exigido a las marcas de medios sociales digitales que tomen medidas para contrarrestar todas las formas de ciberdelito, y eso está muy bien, es un buen comienzo. Sin embargo, recordemos que estas redes son de miles de millones de personas, a quienes monitorizar lo que producen y publican los siete días de la semana, a todas las horas y a nivel mundial; se convierte en una tarea manualmente imposible de lograr a nivel económico y logístico, aun para estos gigantes tecnológicos. ¿Acaso, los ojos que vigilan el circuito cerrado de televisión de un conjunto residencial son suficientes para controlar la seguridad en tiempo real a través de unas cuantas pantallas de video? Por su propia experiencia, sabrá que no.

Sin embargo, esta realidad pone sobre la mesa la necesidad de desarrollar formas de inteligencia artificial, que, de manera omnipresente y automática, monitoreen, lean, disciernan, concluyan y tomen decisiones sobre cualquier tipo de contenido que se considere una agresión, y, por tanto, deba ser censurado. Esta es una solución que en el entusiasmo por resolver el problema de coyuntura se recibe con aplausos, pero que plantea a la vez, la forma más sofisticada de control de los mensajes que se haya dado jamás, y que, a todas luces, pone en peligro la privacidad, porque con las mismas armas tecnológicas que queremos perseguir el crimen, podemos ser vigilados y censurados, aunque sea de manera preventiva y aparentemente “bien intencionada”.

Aunque sabemos que esta es una tecnología que tarde o temprano los desarrolladores terminarán de inventar, y seguro aplicarán para cualquier otro sector, bajo las más nobles intenciones, lo que es claro es que las soluciones siguen siendo humanas y se edifican a partir de principios de la ética y la transparencia, allí, especialmente los colectivos humanos interconectados, deberán ser los ojos responsables de plantear su propias formas de regulación y censura de contenido, y sobre todo, de abstenerse de consumirlo y compartirlo. Una dieta que es la que más le cuesta cumplir al general de los usuarios y medios de comunicación que interactúan en las redes sociales digitales.

(*) Profesor e investigador de comunicación digital y transmedia del Departamento de Comunicación y Cinematografía de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano.

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